Publicado por
Jesús María Cantalapiedra escritor
León

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E videntemente, comenzando a contar desde muchas generaciones atrás (a veces no tantas), casi todo el mundo procede del campo, de aldeas o pueblos más o menos distantes de los núcleos urbanos importantes. Supongo que ésta será la razón por la que el urbanita actual trata de reencontrarse con la forma de vida de sus antepasados, de sus ancestros a veces negados como la camiseta o la siesta. Y, claro está, lo más práctico es trasladarse al alfoz del lugar donde se gana o le ganan la vida. Tal nombre fue bautizado por los árabes como Alháwz, una forma de complicar la vida a los infieles.

Alfoz parece un ‘palabro’ (término recientemente autorizado por la RAE) pero no. Según definición de la propia Academia: «Conjunto de diferentes pueblos que dependen de otro principal y están sujetos a una misma ordenación». Nosotros convertimos alháwz en alfoz, vocablo que, hasta hace pocos años, casi no conocían la mayoría de los habitantes de aquel, embrollando aún más la semántica rural.

Así que, miles y miles de personas en tiempos de alegres ‘burbujas’, se decidieron por la campiña, lo bucólico y pastoril, el canto del pajarillo, y el disfrute de la distancia con el tráfago ciudadano situado a unos diez kilómetros del pago campestre. El primer problemilla, no previsto, fue el transporte diario de la prole infantil a sus obligaciones escolares en horas más bien impresentables: primera hora de la mañana y vuelta; durante la pre siesta y retorno, salvo instalación de las criaturas en guardería infantil de turno por cuatro perras, evitando así dos trayectos. También, si el ‘cole’ fuere de alta gama, portarles hasta la parada del bus colegial, situado a un kilómetro de la paz del adosado, pareado o unifamiliar con living, porche y zona para el servicio.

Mas, una vez superados estos pequeños problemas, llegaron los verdaderamente dificultosos. En el alfoz o alhawz, existen escasos o ningún establecimiento comercial o administrativo para hacer la vida más cómoda. Apenas dos o tres cantinas (que no falten), una tienda de ‘ultramarinos’, una ermita donde los domingos dicen misa deprisa y corriendo (la esposa era de comunión diaria), y un centro de salud donde médicos y enfermeras se las ven y se las desean para atender varias poblaciones menores, sustituciones, vacaciones, bajas, etcétera. Leo en la prensa las quejas de alcaldes ante instancias superiores, denunciando la sobrecarga del personal sanitario, paganos de la precaria situación, aparte del propio paciente. Y estamos hablando de salud pública. Insistiendo en la carencia de simples servicios comerciales, habría que sumar el hecho de que para adquirir un elemental destornillador, bombilla, tóner para impresora, un cucharón de madera, abono para el campo, o pasteles para el santo de la abuela, haya que desplazarse diez kilómetros (veinte con la vuelta). ¿Quién tiene la culpa? ¿La inhibición de los presuntos inversores? ¿La falta de apoyos a la iniciativa privada? ¿La Conferencia Episcopal, quizá?

Otro aspecto penoso es la desidia urbanística y arquitectónica que sufren los mencionados espacios urbanos de esos lugares dejados de la mano de Dios y de los hombres: tapias y casas sin enfoscar, configuración callejera sin atractivo alguno, viviendas abandonadas semi-ruinosas, rastrojeras en la ‘calle Real’ y estilos de construcción indiscriminados y dispares, para desagradable asombro de foráneos con sentido de la estética. En vez de alfoz, deberían llamar a estos lares suburbios o arrabales. Pero no queda fino. Eso sí, en ninguna aldea o pequeña población, falta la grandilocuente «Casa de la Cultura», centros de nueva factura más que dignos, de los que pocos conocen para qué sirve, ni su justificación ante la inexistente audiencia vecinal.

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Pero, todo se compensa con la paz, el sosiego y el aire puro. La contrariedad es que las flatulencias traseras de las vacas (si las hay), impregnan la atmósfera lugareña de gas metano y óxido nitroso, más pernicioso para la salud que el CO2. Y en esas estamos.