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FUEGO AMIGO. ERNESTO ESCAPA
León

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Recuerdo vagamente mi descubrimiento tardío de Pablo Gago Montilla, que no era el Gago retratista de la burguesía local, en un otoño de los setenta, cuando las bienales de Gamoneda habían educado un gusto diferente y efímero en la apreciación del arte. Pero aquella brecha de modernidad fue pronto clausurada por una conjura de necios, que aprovechó la mudanza en la Diputación de un presidente absentista por otro indolente para aplicar el escalafón al trámite artístico provincial. Luego sucedió un largo período de refajos y hogazas encetadas. Hace un año, Pablo Gago se despidió de León en la estancia abierta por Ángela Merayo a Orillas del Porma, en la casona de los Arriola, para acabar capitulando nonagenario este fúnebre noviembre.

En 1946, al cumplir los veinte años, se produjo en Gago el descubrimiento de la abstracción, alentado por una beca del gobierno francés para residir y pintar en París. Entre 1946 y 1950, se adentra en una aventura estética que se traduce en cuadros huérfanos de color, de gamas frías y opacas. A partir de ahí, su obra permanece en la estancia vanguardista, sometida a un proceso de ahondamiento en los cauces de una corriente a la que ha mostrado fidelidad absoluta. Progresivamente irrumpen la luz y el color, que abren el portillo por el que se muestra el dominio de un oficio largamente trabajado. Es entonces cuando se derrama en sus lienzos el lento deshielo del aprendizaje.

Junto a Saura y otros cómplices participa en una etapa de investigación neofigurativa cuyos resultados se muestran en1953: una colectiva en la que sus cuadros cuelgan con obras de Picasso, Calder, Miró y Tàpies. Expone en París, en Barcelona, en Madrid. Da clases y pontifica en los veladores del Gijón, donde convoca una cuadrilla de jóvenes entusiastas. A la vista del panorama, que no se conmueve por nada, en 1958 Gago se traslada a Méjico, donde desarrolla una actividad importante como muralista y decorador de escenarios televisivos.

Su obra se proyecta en escenografías teatrales, participa en docenas de películas (con la calderilla de un Goya hace veinte años), decora muebles, colabora en diseños arquitectónicos y ferroviarios, buscando la humanización del hábitat. Displicente con los señuelos tendidos por los quiebros de la moda, se concentra en el dominio de las entonaciones cromáticas. A su través, articula un relato desprovisto de anecdotario que multiplica su significación y suscita en el observador un estremecimiento radical. Es el resultado de la templanza expresiva, forjada durante años de oficio y depuración estética. Como oficiante pertinaz del canon abstracto, desprecia las adherencias y resuelve su lenguaje en los límites del plano, sometido a la elocuencia de la luz y del color.

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