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LA GAVETA CÉSAR GAVELA
León

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C asi con toda seguridad, el personaje más atractivo de la minería leonesa del pasado siglo no fue un gran empresario del sector, ni siquiera el gran Julio Lazúrtegui, aquel bilbaíno que murió entre empobrecido y decepcionado, y que había soñado para el Bierzo y Laciana nada menos que la condición de la Nueva Vizcaya. Un sueño muy cabal, por otra parte, porque en buena medida se cumplió. El Bierzo y Laciana, la patria del carbón y del hierro, de la electricidad, de la niebla y los mineros.

El Bierzo tuvo un príncipe de la hulla que fue Marcelo Jorissen, «El Belga». Aquel extranjero que llegó por pura casualidad a la apartada Laciana de los años 20 para hacer sus prácticas, y que allí no solo reforzó su pasión minera, sino que encontró su esposa y su futuro profesional. Su gran protagonismo en la consolidación de la Minero Siderúrgica de Ponferrada como la empresa carbonera privada más importante de toda España. Esa fue la gran labor de aquel hombre inteligente, firme y fino, que jugaba al tenis y que era un melómano extraordinario. Que escuchaba óperas y sinfonías en su gramola en tiempos muy anteriores a la guerra civil.

Jorissen es un personaje muy lúcido, educado y enérgico. Eso trasciende en el imprescindible libro que le ha dedicado el historiador lacianiego Víctor del Reguero. Volumen que se publicó hace meses pero que se trata de un trabajo intemporal. Historia pura de la minería leonesa del valle del Sil. Y que también habla de la innovadora tarea de los empresarios de la antracita de Fabero. Industria cuyo fruto viajaba en un largo río de trenes y camiones carboneros que terminaban su ruta en la negrísima y vasta explanada de los cargaderos y lavaderos de Ponferrada; de los talleres y fábricas de briquetas y de muchos otros afanes que se realizaban donde hoy hay casas, calles, parques y equipamientos. Perdurando a lo lejos, ya en la periferia del barrio de La Placa, las últimas y escasas ruinas de un mundo que tuvo un vigor extraordinario, y que fue mucho más valioso de lo que se pueden imaginar los jóvenes, e incluso los que ya no lo son. Porque no siempre se conoció bien la descomunal tarea que se llevó a cabo en el Sil de los mineros. Como tampoco se conoció a don Marcelo Jorissen, el distinguido y rubio ingeniero que vivió en la célebre Residencia de Estudiantes, donde tuvo como compañeros a García Lorca, a Buñuel o a Dalí. El ejecutivo que tuvo el valor de enfrentarse a la Iglesia en pleno apogeo franquista y que salió triunfante de su empeño. Un gran hombre que ya parecía perderse en la leyenda, y al que yo vi alguna vez, dentro de su coche lujoso y blanco que lavaban cada mañana en un garaje que había frente a mi casa. Cuando Ponferrada era una ciudad literaria, lluviosa y cálida a la vez; cuando el Belga era un mito. Un esforzado aristócrata de la minería.

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