Diario de León
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CUARTO CRECIENTE. CARLOS FIDALGO
León

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La Muerte entró en la sastrería de Álvaro Costero en la plaza Mayor de Cacabelos la mañana del 17 de abril de 1912, con toda la población expectante por el inminente eclipse solar que había llevado hasta el campo de San Bartolo, a las afueras de la localidad, a una comisión formada por expertos del Ministerio de Instrucción Pública, la Universidad de París, el Observatorio Astronómico de San Fernando y el de Madrid.

A la hora en la que La Muerte atravesaba el umbral de la sastrería de Álvaro Costero en la plaza Mayor para encargar un traje de entretiempo, el campo de San Bartolo estaba lleno de vecinos entusiasmados ante la parafernalia que habían montado los científicos con sus telescopios y sus hojas de cálculo. Decenas de periodistas venidos de Madrid les acompañaban, algunos fotógrafos habían plantado sus trípodes también y apuntaban con sus cámaras al sol, decididos a retratar el fenómeno. Incluso había vendedores de bebidas y un chalado que decía que había encontrado la fórmula del elixir de la vida, escrita en una piedra perdida en uno de los castros prerromanos que rodean Las Médulas.

Pero nadie le hacía caso.

En la sastrería de la plaza Mayor, La Muerte le preguntó a Álvaro Costero si podía hacer algo para mejorar su vestuario. «Por supuesto», le respondió el sastre, que no quería contrariar a una dama tan inquietante, mientras le ofrecía sus mejores telas, los hilos más resistentes, los patrones más atractivos para confeccionar vestidos de primavera. Y La Muerte, satisfecha, le dijo «ven conmigo, pues», justo en el momento en que la luna eclipsaba al sol, la multitud concentrada en el campo de San Bartolo dejaba salir una exclamación de asombro que recorría todo el pueblo igual que un escalofrío, y una penumbra inevitable caía sobre la sastrería de Álvaro Costero, pálido como un cadáver, en la plaza Mayor.

(*) Que la vida es un Teatro de Sombras lo sabe muy bien Fermín López Costero, autor de un libro de cuentos así titulado que les recomiendo leer, porque es muy sugerente, y donde pueden encontrar la versión original de este microrrelato —reescrito aquí y con otro final a modo de homenaje— sobre el día en que La Muerte visitó la sastrería de su bisabuelo y la luna se comió al sol de un bocado.

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