Sociedad secreta ultramarina
Responden a nombres en clave y se citan periódicamente en umbríos rincones: chamarilerías, bares, viejos clubs de alterne que cerraron sus puertas y cuyos neones apagados todavía resplandecen en la oscura noche de la memoria con la intermitencia de un cerebro alterado. Sus reuniones son secretas, subversivas, abracadabrantes. A su conclusión, se escenifica un vanguardista conato de bacanal pero terminan regadas por el prieto picudo de cualquier comida de cofrades. No sabríamos de su existencia si no fuera porque algunos de ellos adolecen de ese punto de indiscreción que aqueja a todos los de su gremio, que es el literario, y pecan levemente de palabrería. Y porque, aunque en sus fotos aparecen siempre enmascarados tras un libro, los títulos les delatan. Puedo referir todas estas cosas porque alguna vez yo he sido uno de ellos.
La sociedad secreta que se oculta bajo la web y el nombre de «Manual de Ultramarinos» es una de las logias más peligrosas de nuestra ciudad. Se compone de poetas, narradores, fotógrafos y artistas, algún que otro periodista infiltrado, ropavejeros y gestores culturales que, en el caso de conocerse su pertenencia a este contubernio, verían muy comprometida su máscara de seriedad. Porque, señores, estos peligrosos sujetos a lo que se dedican es a editar e intercambiar unas deliciosas y nanométricas publicaciones, a veces redactadas por ellos mismos, en las que, bajo el antifaz de sus alias, lanzan al mundo lo que jamás osarían hacer con su firma. Textos sicalípticos, poemas robados, ediciones piratas de fragmentos ajenos que luego envían a sus autores con una dedicatoria laudatoria a modo de reparación. Nadie los ha llevado nunca a los tribunales, sobre todo por dos razones: el primor de las ediciones —cuyos escasos ejemplares sobrantes se estraperlan en una librería a la sombra de la catedral— y el temor que infunde la figura que capitanea esta extraña sociedad, sobre quien circulan anécdotas terroríficas. Solo les referiré la última, que ya es un runrún creciente en la levítica provincia.
Cuentan que cuando el comandante de esta troupe de traperos del tiempo visitó Madrid, en compañía de unos aspirantes, justo cuando se disponía a lanzar una fotografía a la estatua de Cibeles, sucedió lo que nunca había ocurrido ni cuando acuden a agasajarla cargados de trofeos los jugadores merengues: la estatua de la antigua diosa habló. Fue para decir, poética, lacónicamente: «Tú sí que eres pintoresco».