CUARTO CRECIENTE
Cuento inacabado
Los personajes de un cuento inacabado recorren por las noches las calles de Villafranca del Bierzo. Vienen de un relato con el final abierto, a medio trenzar, y caminan atados, como una cuerda de presos. Algunos de ellos, los más díscolos, se rebelan y quieren salirse de la narración. Volverse reales.
Muchos vecinos insomnes los han confundido con la Santa Compaña, tan cerca está la villa de Galicia y de sus mitos ancestrales, cuando se asoman a la ventana y a la luz de las farolas los ven deambular como espectros en busca de la redención, de un autor que termine de cincelar sus personalidades y dé con el punto y final que los justifique.
Son fantasmas que no han encontrado un lector que les ponga cuerpo. Al fin y al cabo —y lo decía esta semana la directora general de Políticas Culturales cuando presentaba el Congreso Internacional sobre el Cuento Español Actual que se celebrará en septiembre— Villafranca del Bierzo es Comala; el pueblo espectral de Pedro Páramo; y también es Macondo. Sólo hay que escarbar en la realidad para darse cuenta de que Villafranca también esconde cien años de soledades; un comandante llamado Manso que era todo lo contrario de lo que daba a entender su apellido y que un día de verano de 1936 entró en el pueblo a las bravas; un alcalde fusilado que ha esperado ochenta años para que su nombre aparezca en el callejero; un fotógrafo que se fue de la villa; la tumba de un escritor romántico, repatriado desde Berlín en plena Guerra Fría; dos iglesias antiguas, un palacio que fue sede de la Diputación del Bierzo en un tiempo mítico, dos ríos caudalosos; un viaducto de hierro que tuvieron que reformar porque no cabía el coche de línea; y una larga lista de escritores y de poetas que justifican los vínculos de la localidad con la literatura.
La mayoría de esos autores están muertos. Y estoy seguro de que más de uno dejó algún cuento inacabado. Quizás los personajes de ese relato atrapado entre la Calle del Agua y La Alameda, donde los versos cuelgan de los árboles en la Fiesta de la Poesía, los comenzara a imaginar el autor de Meteoros y de los Cuentos de la Cábila. Eso explicaría que nadie, ni siquiera en un filandón, se atreva a continuar lo que Antonio Pereira dejó a medias.