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EUGENIO GONZÁLEZ NÚÑEZ PROFESOR DE ESPAÑOL. UNIVERSIDAD DE MISOURI-KANSAS CITY (USA)
León

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A lgo conmovida anda en estos momentos la diócesis de Astorga. La verdad es que no son momentos ni para el regodeo malsano de unos, el aprovechamiento económico de otros, ni para el sentimiento de culpabilidad de quienes sean inocentes. Son momentos para el arrepentimiento sincero, el perdón generoso, pero también para la consideración de que los curas no somos seres caídos del cielo que podemos jugar con el pueblo activa o pasivamente, ni echando agua bendita sobre graves pecados propios o ajenos.

Me duele el sufrimiento injusto hecho a seres inocentes. Me duele en el alma, el castigo físico que en muchas ocasiones aplicamos, y sobre todo el castigo moral hecho a quienes nunca tuvieron forma ni manera de defenderse de tales infames acosos. Quien esté sin pecado de haber cometido castigos físicos, que tire la primera piedra. Recién regresado de Nicaragua, ya olvidados los castigos físicos, me horroricé de nuevo al ver que en nuestra santa y católica madre patria, todavía proliferaban los métodos de la vieja dictadura civil y religiosa, y siguiendo la marea, irreflexivamente me incorporé a ella. No eran los tiempos de antes, pero de vez en cuando, la torta, el capón, la bofetada —inútiles todos ellos— los seguíamos aplicando. Por todo ello, personalmente, pido perdón, como en pasadas ocasiones lo he hecho.

Ahora, los problemas sacados a la luz pública, son de otro calibre. Para quien no sepa del intríngulis eclesial autoritario, diré que en los seminarios o colegios religiosos diocesanos, en general, la autoridad suprema, aunque a veces lejana, era el obispo de la Diócesis. Dentro del centro educativo, la autoridad era el rector, seguían en orden los formadores, y finalmente los profesores, religiosos unos y laicos otros. En los internados de aquellos momentos, generalmente, las cosas funcionabas del mismo modo, aunque en éstos, no hubiera seglares al cargo de los alumnos internos.

Por tanto, casos como el del Seminario de la Bañeza, una vez que los estudiantes objeto de ‘malos tratos’ (castigos, acosos, etc.) los ponían en conocimiento de los formadores, éstos tenían la obligación de llevar el caso hasta el rector, quien debía tomar cartas en el asunto, tratando de solucionarlo. Si el asunto excedía el campo de sus atribuciones, éste debía acudir al obispo. ¿Debía éste acudir al papa en caso de duda o indecisión para tomar las medidas adecuadas? ¡Malos tiempos aquéllos para acudir a Roma con esas ‘pejigueras’! Sin embargo, no dudo que en Roma debe haber —tal vez archivados—, casos como el que nos ocupa, si es que antes los informes, las denuncias, no fueron echados en el olvido, o pasaron directamente a la papelera. Afortunadamente, creemos que ahora no lo son, y el propio papa está tomando medidas muy serias en el asunto, caiga quien caiga.

Por tanto, inculpar a los formadores, a los rectores, al propio obispo de tales injustos silencios, no sea del todo justo, si ellos, de antemano, tomaron en serio los casos, intentaron solucionarlos o por el contrario acudieron a la autoridad superior para que tomara las medidas pertinentes sobre cada caso concreto. Si, por el contrario (profesores, formadores, rectores, obispo, no les dieron importancia, se callaron, se burlaron, ridiculizaron, humillaron a las víctimas, honestamente creo que sobre ellos —cualquiera de ellos—, cae la responsabilidad del daño causado a los inocentes y a las propias instituciones.

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Señores obispos (de Roma y de Astorga…), rectores, formadores —varios de ellos ya fallecidos—, no se escuden en su alta jerarquía, porque tanto en la ley humana como en la divina —el Código de Derecho Canónico—, ya aplicada por el papa Francisco, la clave es que en la Nave de Pedro ‘cada palo aguante su vela’, o dicho en el habla del pueblo, no vale «matarlas callando…», ni tampoco involucrar, ensañarse con quien no tiene culpa.