Publicado por
RÍO ARRIBA miguel paz cabanas
León

Creado:

Actualizado:

T engo para mí que el presunto error que los de Hollywood cometieron en la entrega de los Oscar, tan difundido y comentado, no fue tal. Esto es, que realmente no estaban en la idea de nombrar mejor película del año a Moonlight y que lo que sucedió en directo ante los atónitos ojos de millones de espectadores, fue un lío propio de una obra de los Hermanos Marx (y si lo piensan bien, hubo un momento en que el barullo montado recordaba a la famosa escena del camarote). Me baso también en el hecho de que, días antes, la mayoría de los académicos admitían no haber visto la película.

Que una película sobre negros gays y marginales haya ganado la edición de este año, en la nueva ‘Era Trump Somos Blancos, Machos y Poderosos’, solo puede ser una mueca burlona, o quizá desesperada, de un destino que a veces juega a dejar sobre el mundo una leve huella de justicia poética. La película está tan alejada de los estándares de Hollywood, que solo se puede entender así.

Moonlight es una obra durísima y, a la vez, de un lirismo elegíaco y conmovedor. Viaja desde los ojos de un niño que crece en un ambiente más allá de lo hostil y es a través de las miradas del adolescente y del adulto herido en que se convertirá después, donde la película teje una historia de emociones contenidas y sobrecogedoras. Uno sale del cine con la sensación de haber vivido personalmente todos y cada uno de los fracasos de su protagonista, tal es la magia, la complicidad y la potencia invisible de su puesta en escena.

Hay un momento en la película, que apenas dura un minuto, donde se oye un fragmento del Cucurrucucu Paloma en versión de Caetano Veloso. La cámara sigue a un coche que bordea la costa y acaba con unos niños jugando en el mar. Quien haya escuchado alguna vez al cantautor brasileño, su voz cálida y estremecedora, tiene la sensación de que Caetano Veloso ‘respira’ cuando canta. Es como si su garganta estuviese ebria de luz, de un temblor palpable y sobrenatural. Ese prodigio también se mantiene aquí: de hecho, toda la película parece fundirse en ese instante irrepetible y liberador.

Cargando contenidos...

Tal vez, esa sea la mejor forma de explicar lo que sucedió en la gala de los Oscar: en esa noche suprema, en medio de los smokings y de la pedrería de lujo, flotando sobre el bochorno de los consultores y del público extenuado, aquel disparate se convirtió en una metáfora. Fue como si un dios malévolo hubiese metido en una jaula a una criatura salvaje y hermosa, y todos nosotros, testigos involuntarios de la escena, gritáramos para que la dejaran escapar, o para que la belleza de sus imágenes nos siguiera conmoviendo siempre: porque, como cantaba Veloso, la paloma no es otra cosa que un alma desdichada.