Los padres, que les dicen que son guapos
L a próxima hornada al mando se moldea hoy bajo el perfil de chepas prominentes, a base de cargar a diario con mochilas rellenas con quince kilos de papel encuadernado, que se vende a pelo de conejo en septiembre; petates que se portean como ruedas de molino a espaldas de chavales, pasto de una devastación crónica en la columna vertebral. Si no se preocupan del contenido, como para reparar en el continente; los legisladores emplean el mismo tiempo en prohibir que la política entre en las aulas que en procurar una escuela armonizada, en todos los órdenes, en todos los sentidos, base del futuro de un país que zozobra (más en este territorio que en otros) y reduce todo el problema de la formación de los ciudadanos a un alboroto sobre el temario de las reválidas. Ahora entran las prisas, al ver tan lejos el acceso a la revolución 4.0, 5.0, o 6.0, cuando la realidad que se come cruda deviene de haber perdido la industrial; la Ilustración, a estas horas, nos parece vanguardista; todo el día a la nobleza y el clero; perdidos, como truchas río abajo que simulan saber nadar contra corriente, con esa pose que se empeña en mostrar el pretencioso que se ofrece postmoderno, y resulta que nunca jamás llegó a la modernidad. Pues en ese anzuelo mordió la sociedad que trata de desembarazarse mientras desde cabina sueltan tanza al barbo, y se aleja la orilla del objetivo de ganar el mañana a base de educación. Que, bien mirado, era el único elemento de rescate para una generación a la que cada día se le cerrarán más puertas. El fin de la educación debería centrarse en formar a un ser para que pueda gobernarse a sí mismo; no adiestrarlo para ser gobernado por los demás. Ese es el fundamento que domina en el mundo libre y occidental. Hay otro ideal, antagónico, que gana terreno mientras ofrece los valores del esfuerzo, el respeto y la formación como diseño vanguardista de felpudo. En este espacio, abonado a mercaderes, vence el cantante que resolvió con un dentro mío el ripio que le faltaba para terminar una canción; y sale derrotado el encargado de prescribir el examen de ortografía en una oposición a un cuerpo policial. Este es el panorama, que rima con drama. Y al final, la culpa va a ser de los padres, que construyen mundos de cristal.