Publicado por
Blanca Doménech Delgado psicoanalista (*)
León

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N os miramos al espejo cada mañana y varias veces al día. La rutina de examinar nuestro aspecto, nuestro cuerpo, responde a la necesidad inequívoca de identificarnos con una imagen que, a veces, nos hace sentir extrañeza de nosotros mismos: ¿Qué o quién soy yo? El interés por el cuerpo ocupa un lugar destacado en nuestra sociedad hoy y desde siempre. La religión, el arte, la medicina, la literatura, la ética, la psicología, la educación, la estética, etc., todos ocupándose del cuerpo… y el psicoanálisis, también.

El cuerpo es el lugar visible (moda, tatuajes, etc.) pero también es un lugar invisible, virtual, como ocurre en el espacio cibernético en el que se puede fingir una identidad e interaccionar sin que el cuerpo esté presente. El cuerpo es, también, un territorio donde llevar a cabo transformaciones sin límites que implican difíciles decisiones éticas: técnicas para alargar la vida, reproducción asistida y subrogada, cambio de sexo, etc.

El cuerpo ha sido considerado en muchos momentos de la historia del pensamiento como un estorbo, una servidumbre inaceptable del alma, algo a dominar y regular. En nuestra época, tan hedonista y centrada en el cuidado del cuerpo, podríamos pensar que hemos superado este rechazo del cuerpo, sin embargo, si analizamos más a fondo, veremos que el rechazo persiste pues se le considera como algo limitado, vulnerable, temporal y, por lo tanto, algo que hay que remodelar mediante cirugía estética, dietas, o a través de intensas sesiones de gimnasio que detengan el deterioro y el natural envejecimiento. Por otra parte, el ser humano tiene dificultad para admitirse como un ser enigmático, dividido, un sujeto en falta, que busca negar sus límites mediante la imagen perfecta de su cuerpo. Un cuerpo cuidado, modelado, reverenciado como fundamento del bienestar psicológico, del éxito y la perfección. Este amor desmedido por el cuerpo parece reflejar el rechazo a un cuerpo que goza, se deteriora, envejece y muere.

La tecnología médica, el descubrimiento del genoma y los avances en neurología han abonado la creencia de que toda la vida es un texto genético y se tiende a reducir la subjetividad a células y neuronas. Asistimos a una biologización de todo lo humano. El lenguaje, las ideas, el bienestar, la normalidad, los trastornos de conducta o el sufrimiento quedan asociados al buen o mal funcionamiento de nuestra biología. Lo neuronal y lo psíquico son vistos como idénticos.

Pero esto no aclara y nos dice muy poco acerca de lo que subjetivamente uno experimenta con su cuerpo. ‘Soy yo’, decimos frente a nuestra imagen corporal, sí, pero no soy todo yo. ¿Quién soy yo? ¿Eso que refleja mi imagen y los otros ven? ¿Eso que yo siento y experimento en mi cuerpo? ¿Lo que quiero que otros vean y piensen a cerca de mí? ¿Lo que dice mi carnet de identidad? ¿Soy tan solo mis genes, mis hormonas, mi ADN?

El cuerpo es la sede de nuestro yo pero no es nuestro yo, ni todo lo que yo siento o deseo. El cuerpo es como un otro diferente de uno mismo, pero también soy yo. El ser humano no es un cuerpo, tiene un cuerpo. El cuerpo es un relato de nuestra vida. Es un cuerpo que percibo y siento, pero en relación con mi propia historia y vínculos sociales. Es un cuerpo marcado por los otros. En él están inscritos recuerdos, sensaciones, experiencias; están grabados los enigmas, las inquietudes, las miradas y las ausencias. Aunque no se tenga consciencia de ello, determinan una imagen corporal inconsciente que es la huella imborrable dejada por las impresiones más conmovedoras de nuestra infancia, pero siguen activas en la edad adulta.

Es un cuerpo erógeno, pulsional, escenario de nuestra historia. Pero es también actor. Y es actor, porque esas sensaciones, imágenes, palabras que han quedado inscritas gobiernan nuestras elecciones amorosas, fantasmas y miedos; gobiernan nuestros actos y, a veces, el cuerpo habla de esa angustia que no podemos verbalizar y lo hace a su manera, con síntomas físicos, cansancio, dolores, abatimiento, etc…

Si nos preguntamos ¿qué pasa en el cuerpo? es porque hablamos del cuerpo afectado por el discurso y no del cuerpo como unidad orgánica. El organismo es el territorio de los médicos pero hay determinados trastornos que se manifiestan en el cuerpo y son expresión de otra cosa. Hay una implicación subjetiva entre el sujeto y su sufrimiento corporal que no se muestra en análisis clínicos o exploraciones médicas, sino que se desvela a partir del trabajo psicoanalítico. Si ignoramos esto parece que queremos borrar la esencia de la existencia humana, es ignorar que la angustia, los conflictos, el goce, el deseo… sepámoslo o no, también, se manifiestan en el cuerpo. Decía Shakespeare: «Dad palabra al dolor; el dolor que no habla gime en el corazón hasta que lo rompe».

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(*) será la ponente de la Tertulia sobre ‘El cuerpo como escenario’ que tendrá lugar en el Palacio de Gaviria el martes