Diario de León
Publicado por
MARÍA J. MUÑIZ
León

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Ay, que se oye hablar de cañerías y a más de uno se le ponen los pelos de punta. Pero no, la cosa va de la realidad sin recovecos, dobles sentidos, ni piruetas literarias para insinuar sin desvelar. Los fontaneros de los que hablo no rascan cañerías desatascando partidos políticos ni buscando recovecos para aparcar problemas de entidades financieras. Andarían arreglando grifos y buscando fugas (sólo de aguas), en el caso de que los hubiera.

¿Existen de verdad los fontaneros, pintores, jardineros, mecánicos, manitas en general? Les puedo asegurar que están en vías de extinción. El chapu de toda la vida, aquel ejemplar de manos tan hábiles como lengua despierta que era parte inseparable de cada familia, es otro recuerdo más de un pasado que añorar en el que todo era más sencillo.

¿Que se estropeaba la lavadora, el frigo, o cualquier aparato que mucho más acá de mi infancia era lo más tecnológico que acogía la casa? Pues en un plis plas venía Tori con su maletín, del que lo mismo salía una tuerca que un recambio impensable, que ponía de nuevo en marcha el telar y aquí paz y después dos años más de caña al electrodoméstico.

Aún hoy comparto risas con mis hermanas recordando a Aguilera, con su voz siempre afónica, y la broma que nos gastó un día tras otro de los que fue a casa durante toda nuestra infancia. El electricista acababa cada trabajito con una masilla de yeso a la que daba vueltas en un cuenco. Eran ‘las natillas’. ¡Cuántas veces nos envió a la cocina a pedir un trozo de pan a mamá, para untar esas natillas! Verle trabajar y disfrutar de su imparable cháchara mientras tanto era mil veces más entretenido que una aventura del Capitán Tan de los Chiripitifláuticos.

Hoy no le pidas charleta, ni cariño, ni urgencias a un manitas. No existen. Ni con IVA ni con fraude. Si se te desvencija un cacharro, ya puedes encomendarte al punto limpio y encargar uno nuevo, porque no hay ni reparación ni quien ponga remedio al desaguisado, por leve que sea. He pasado meses preguntando por alguno de estos magos buenos para todo y no aparecen. Y esa sí que sería una profesión con futuro. Yo misma me abonaría con una tarifa mensual fija a un ‘chapu’ que me rescatara de los sinsabores nada nimios de lo que se destartala a diario.

Inventar el cómodo cortacésped doméstico y eliminar del mapa a quien pueda colocarle un tornillo cuando se desajusta es una pejiguera. Aunque sea muy rentable para esta dramática cultura consumista del «le cuesta menos uno nuevo».

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