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aquí y ahora MANUEL ALCÁNTARA
León

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Q uienes confundieron el tiro al plato con el tiro en la nuca prometen que ya no van a hacerlo más. Reconocen que su estrategia estaba equivocada.

Ustedes perdonen por las molestias, dicen los asesinos, al mismo tiempo que piden impunidad. Ha llegado el desarme, pero los arsenales están repletos y no quieren revelar dónde los esconden, ni perseguir a los que desvelan los escondites.

El polvorín sigue oculto por si hay necesidad de acudir nuevamente a él y renovar a las víctimas, que son de un sólo uso. Los contritos se mezclan con los atritos, pero ambos gremios está afligidos y piden impunidad ahora que los lobos solitarios se han reunido en manadas.

¿Esperan mejor ocasión? No lo sabe ni la Policía, que duda de la capacidad de la siniestra banda para organizar su propio desarme. Los que mataban están muertos de risa y no saben dónde están los zulos donde guardaban las balas en busca de sus destinatarios.

Los clandestinos generales se han quedado huérfanos de víctimas, pero no van de luto, porque han decidido ir al campo, mientras la Audiencia Nacional reclama al Gobierno francés datos y más datos para tener una pista concreta sobre quienes fueron los que almacenaron las armas, por si los jefes, que no son los que matan, sino los que ordenan a quién hay que matar, decretan las nuevas técnicas.

«No pueden cambiarse las armas de matar por las armas de mentir», se leía en las pancartas. Ambas son de repetición, pero los muertos no pueden repetir porque sólo tienen una vida: precisamente la que les arrebataron, por que de la otra no sabemos nada.

Tienen mucho mérito los que no confunden la Justicia con la venganza, pero es relevante recordar que en la impunidad no se admiten grados. No es lo mismo guardar luto por un padre que por la madre patria o por una pequeña parcela de ella.

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Se trata de saber si el adiós a las armas es un hasta luego o un hasta más ver. La amistad con las pistolas es la más peligrosa, porque es la más firme.