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Máximo Soto Calvo asociación pro identidad leonesa
León

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C uando leí el escrito ‘Semana Santa’, del que fue párroco de San Marcelo y consiliario de la Hermandad de Santa Marta, Don Telmo, ya tenía elaborado, y en espera, éste que estoy proponiendo a los lectores de este medio leonés. Marca un temor: «la posibilidad de que nuestros desfiles procesionales-penitenciales deriven hacia el campo del espectáculo llamativo, cercano a lo festivo, y más o menos desligado de lo estrictamente religioso y sagrado». Coincido plenamente. Veamos.

Más de una vez, en mis escritos de Semana Santa, he dicho que durante bastantes años tuve interiorizado el anhelo de participar como papón y bracero en una cofradía de antiguo arraigo, donde lo penitencial, entendía, era su fundamento y el negro de su hábito la cualidad de un enlutado sentimiento de penitencia procesional.

Parecía no faltar el necesario apunte de religiosidad, propiciado por el momento vivencial, a caballo entre el remedo y la imposición oficial, en muy buena parte del movimiento cofrade en las décadas de los cincuenta/sesenta pasadas. Andando el tiempo pude comprender que también había algo más, profano pero sugerente, el costumbrismo, ¡lo tradicional!, compartiendo espacio con la motivación penitencial que estaba en la letra de las cofradías, en la que supuestamente los cofrades se «subrogaban», lo de vivirla plenamente era otra cosa.

Ya fuera por simple percepción sugestiva, o somero análisis de lo acontecido y observado, tal como, el comportamiento de los asistentes capitalinos a «sus» procesiones, algo parecía resaltar: ¡todos parecíamos ser partícipes!, pues teníamos familiares, amigos o simples conocidos papones recalcitrantes que nos avalaban. No faltando el gesto de sencillo recogimiento, de modo especial en los mayores del momento, en tanto los papones mostraban sobre sus hombros y en simples andas imágenes del Gran Drama.

Pasadas las décadas citadas, a pesar de la eclosión multicolor de cofradías, o tal vez por ella, aquéllos, los asistentes, de modo especial fuera de las estrecheces de las calles donde la proximidad invitaba a compartir, fueron adquiriendo la condición de espectadores de los cada vez más ampulosos tronos, nuevas imágenes, arreglos florales llamativos, viendo ‘bailar los pasos’ y saturando su oído por la musicalizada marcha procesional, que empezaban a descolocar a los más puristas. En la ciudadanía en general se fue olvidando lo trascendente del acto, bien, o no menos bien representado en imágenes, en tanto perdíamos la condición de ‘papones de acera’; denominación bastante afortunada que acuñó un director cofrade bienintencionado, a quien ruego me perdone, aunque sea a medias, ya que la veo muy válida para antaño, y poco para el hoy mercantilizado que vivimos.

Pero hay algo más, los asistentes transformados en espectadores, remedando lo habitual en los espectáculos, empezaron a aplaudir; una foránea costumbre que amenazaba borrar en los leoneses su testimonial sobria presencia. Claro que, éstos, participando cada vez más en el aplauso, invitaban a seguir el método. Empezábamos a echar en falta la sobriedad de antaño, ¡de la que veníamos presumiendo!

Mi nieto, un biólogo en fase de consolidación, sabedor de mi pasión por lo leonés, incluido lo tradicional de nuestra Semana Santa, me llamó desde Madrid para decirme: «León, tu gran pasión,» está en grandes anuncios del metro madrileño… e hizo una pausa para añadir... como «Ciudad de Semana Santa». Ya conocía el dato, pero le agradecí lo que suponía información, pero sobre todo cariñoso recuerdo.

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Los espectadores, bien aleccionados por la propaganda, nos vienen ayudando a llenar las calles, disfrutan de nuestra bien nutrida restauración, dejando su buen dinero, y todos tan contentos. Hay que vivir. Se habla de una suma parecida a seis millones de euros los que han de entrar en las arcas, principalmente hoteleras y hosteleras, este año. Éste parece ser el moderno ábaco con el que medir «la santidad de la semana».