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ASOCIACIÓN DE ANTIGUOS ALUMNOS AGUSTINIANOS DE LEÓN
León

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C ien años de vida y toda una vida de dedicación agustiniana. Desde la infancia, cuando, tras realizar los estudios de primera enseñanza en su pueblo de Fuentes de los Oteros, ingresa en el Seminario de Calahorra toda su vida es una plena entrega a la Orden de San Agustín. Ejerció una intensa labor docente en distintos colegios agustinianos, pero la misma se desarrollo fundamentalmente en León, en su querido León. Generaciones de leoneses pasaron por las aulas en las que el Padre Herminio enseñó y logró que los alumnos llegaran a tener cariño a algo tan «temido» como son las Matemáticas. No dejó de lado otras obligaciones dentro del Colegio tanto en el plano organizativo, llegando a ser subprior de la Comunidad, como en el más próximo a los estudiantes responsabilizándose del internado.

Daba igual la asignatura a impartir: Música, Matemáticas, Religión. No importaba. Entraba en el aula, le recibíamos de pie como era costumbre, y nos mandaba sentar. Pero entre nosotros había una diferencia con otras materias. Sabíamos que fuese una explicación, un examen, una corrección de ejercicios, el P. Herminio hacía que fuese un ambiente de trabajo, pero distendido. Eso hacía que sus horas de clase fuesen especiales. Sin olvidar el sentido del humor con el que encajaba aquellas respuestas que parecían disparates. Sonreía y agitaba la cabeza cuando otro profesor hubiera perdido los papeles. Como cuando en una de sus clases de Religión estaban hablando de Hiroshima y un alumno defendió la guerra preventiva. Usted hizo su gesto, clavó su mirada en la de su alumno, y puesto que el tema iba de asuntos bélicos, sacó toda su artillería argumental «y me dio un auténtico baño de humanismo cristiano que no olvidé ya nunca más».

Somos muchos los que alguna vez abusamos de su confianza y de su edad. Sirva como ejemplo una anécdota sucedida en clase de Matemáticas de 8º de EGB, año de 1978, recordada por uno de los que esto escribe. «El examen era de operaciones con quebrados. Se permitía el uso de las primeras calculadoras, que apenas sumaban, restaban, multiplicaban y dividían. Pero la tecnología avanzó y en mis manos cayó una Casio, que aún conservo, y que operaba con fracciones. Lo siento, P. Herminio. Yo estudié el examen, lo sabe. Pero poder comprobar los resultados pulsando un botón sin que usted se enterase fue toda una experiencia».

Años después, quién se lo iba a decir aquél lejano día a este antiguo alumno, oficiaría su boda, como ofició tantas otras de antiguos alumnos y de sus hijas e hijos, los funerales de nuestros padres (en el caso de los que esto escribimos nacidos en 1926 y que también fueron alumnos suyos y después amigos íntimos), los bautizos de nuestros hijos y sobrinos. Qué podremos decir con palabras que no esté demostrado con hechos.

Pero si algo destaca en el Padre Herminio es su entrega a los demás por medio de la labor pastoral que ejerció siempre con especial dedicación. Ya desde el Colegio fomentaba la creación de grupos juveniles de pastoral en los que reunía semanalmente a jóvenes para «hablar de religión». Y esto en una edad tan complicada como es la adolescencia, con sus dudas y sus inquietudes, él lo hacía con sencillez y dedicación de una forma amena y cordial.

Desde finales de los años 70 se dedicó de forma más intensa si cabe a esta tarea pastoral con una presencia intensísima en la Parroquia de Nuestra Madre del Buen Consejo. A cualquier hora, en cualquier momento, el Padre Herminio estaba a disposición de todos sus feligreses en la Parroquia. Diariamente dedicaba una gran parte de su tiempo a visitar a los parroquianos, especialmente a los que pasaban por algún momento difícil en cualquier faceta de la vida interesándose por sus problemas y acompañándoles en esos momentos complicados y ofreciendo sus impagables consejos.

No se puede olvidar su especial dedicación a los colectivos parroquiales, a las tareas de preparación para las comuniones y confirmaciones, a los grupos de acción social y su preocupación constante por los más desfavorecidos para los que no dudaba en pedir ayuda a los que la vida les había sido más amable. Su imagen, caminando a paso rápido por el centro de León, con su carpeta debajo del brazo y siempre dispuesto a parase unos instantes para interesarse por el devenir de la vida de quien se cruzaba con él, forma parte ya de los recuerdos imborrables de los que compartimos su amistad.

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Ahora es momento de recibir el justo y reconocido homenaje de todos los que de un modo u otro hemos compartido con él alguna faceta de su vida. El reconocimiento oficial, con merecidas condecoraciones de las que ya posee varias, y el sentido homenaje de las instituciones y de la propia Orden de San Agustín que tendrá lugar hoy con una eucaristía en la capilla del colegio. Pero estoy seguro de que, aunque no lo exprese, él se sentirá especialmente contento con el abrazo agradecido y sincero de quienes sabemos que su vida es un ejemplo de dedicación y entrega al prójimo. Hizo suya la frase de San Agustín: «No busques qué dar. Date a ti mismo». Felicidades Padre Herminio.