Diario de León

TRIBUNA

De monjes, fueros y otras cosas: homenaje a Los Oteros

Publicado por
José Luis Alonso Ponga Departamento de Prehistoria Antropología Social de la Universidad de Valladolid
León

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A hora que el P. Cesáreo Fernández de las Cuevas anda empeñado en poner en marcha la Asociación Cultural de Los Oteros y La Vega en la comarca del mismo nombre, al sureste de la provincia, entre los ríos Esla y Cea, cuando el Dr. Lluisjom Thinucko está, por lo que se oye, a punto de sacar un jugoso estudio sobre la villa de Valdesaz y su territorio, quiero hacer públicos estos apuntes por si les sirven para profundizar en la riqueza cultural de esta tierra.

Cuando todo el mundo se dedica a inventar orígenes legendarios, historias fabulosas y documentos de dudosa autenticidad con el único fin de tener dónde apoyar su fiesta medieval, nosotros, los de ‘Los Oteros’ en general y los de Valdesaz en particular, dejamos correr los acontecimientos sin dar importancia a nuestro pasado, como si fuésemos conscientes de que a Historia hay pocos que nos ganen, y no fardamos porque no queremos, que méritos nos sobran.

El año pasado se cumplieron mil cien años de un documento, que de ser auténtico, es el primero donde se cita al pueblo que en la Edad Media aglutinó a toda la comarca: Valdesaz. El rey Ordoño II en su testamento fechado el 17 de abril del 916, entregaba a la catedral de León la iglesia de San Cipriano «en Valle Salicis» (Valdesaz). El texto dice «ofrezco también al sacrosanto altar, de mi propio realengo, en el valle de salicis la iglesia de San Cipriano con sus villas desde Fresno al antiguo camino de Populelos». Alude al famoso Monasterio de Valdesaz dedicado a S. Cipriano, mártir de Cartago, de gran devoción entre los mozárabes, repobladores de estas tierras. El referido cenobio fue el ojito derecho de los reyes de León durante dos siglos. Sus abades tenían vara alta en la corte pues aparecen firmando documentos al lado del monarca y del obispo de León entre los siglos X y comienzos del XII.

El primer abad del que se tiene noticia se llamaba Eliseo que recibió donaciones de García I y su mujer. Pero el que más dio que hablar en su tiempo fue el abad Salvato, conocido como Hilal. Éste se hizo popular en el Reino de León y allende sus fronteras porque le pillaron in fraganti en la capital con una mujer, que evidentemente no era la suya, —«cum meretrice in civitate legionense» dice el texto—.

Como entonces, a lo que parece, ni la jerarquía eclesiástica ni la política protegían a las castas, al contrario trataban a todos por igual, tuvo que enfrentarse a la ley vigente. El obispo de León lo juzgó en pública sesión, en el lugar de costumbre, o sea en el pórtico de la catedral, condenándolo a una multa considerable. Pero a pesar de este desliz no cayó en desgracia, se ve que aquella gente distinguía perfectamente entre el pecado y el pecador, pagó la pena y siguió contando con el aprecio del rey y del prelado. Se reveló como un hombre sagaz para los negocios del monasterio cuyo dominio y poderío aumentó considerablemente. Pero el abad más importante fue, sin duda, Fortes bajo cuyo báculo adquirió el monasterio su mayor potencia económica y política. El último documento en el que aparece su firma está fechado en septiembre de 1071 y en él hace donación de una viña de su propiedad personal que poseía en Secos, hoy un despoblado entre Valencia de D. Juan y Alcuetas. Entregó el barcillar a San Cipriano por la salvación de su alma. Durante su gobierno tuvo lugar uno de los acontecimientos más notorios para la comarca de Los Oteros: El fuero de Valdesaz.

El 8 de abril de 1064, según consta en documentos copiados en el s. XV, la Reina Sancha, al parecer ya viuda de Fernando I, dio «a los hombres de Valdesaz buenos fueros, por el amor de Dios y por la salvación de mi alma y la de mis progenitores». Concedió a la Villa el derecho de asilo con estas palabras: «Si alguien de fuera viniera a Valdesaz o se refugiase aquí como fugitivo, perseguido por cualquier deuda económica o acosado por la multitud, nadie se atreva a sacarlo de aquí, y quien lo sacare sea muerto sin castigo». Concedía también a los vecinos, si no se encontraban cómodos, o hallaban mejores condiciones de vida con otro señor, la posibilidad de marcharse del territorio, les permitía llevarse sus pertenencias, o venderlas.

Cuando tenían viña plantada en heredad ajena, o habían levantado palomar, o huerto con cerca de tapia en terrenos del rey o de cualquier otro señor, sólo podían llevarse la mitad. Los fueros se hicieron extensivos a las villas de Santibañez, Villasinda, Palacino, Grajal, Quintanilla, Fuentes, y Pajares (las cuatro primeras son hoy despoblados). Las villas constituyeron un coto germen de la actual comarca.

Y para que todo quedase claro, estableció con precisión los límites de dicho coto encargando a los moradores la misión de defender sus fronteras, y ¡de qué manera! «quien quebrantase estos términos…, primeramente pague cinco mil libras de oro a la parte del rey y una meaja de oro, y si no tuviera con qué pagar rómpanle el espinazo, y todos los hombres del coto se junten y requieran al merino del rey o de la reina para que le juzgue, y de este pago tenga el rey dos partes y el concejo una tercera parte». Esto es firmeza y lo demás es cuento. Oigan, porque nosotros los oteranos somos de buen conformar, y poco amigos de peleas. Y si alguien se ha roto alguna vez el espinazo ha sido trabajando, con frecuencia para otros, pero imagínense ustedes que un día nos da por tirar de fuero y defender las fronteras. O que vendemos nuestros derechos forales a otros que presumen de fueros viejos. Tranquilos que no nos va dar por ahí.

A comienzos del s. XII, el monasterio ya pertenecía a la catedral. Pero los pueblos siguieron su desarrollo, levantaron iglesias y ermitas. Entre las primeras sobresale la actual de Valdesaz de Los Oteros, cuyo artesonado es de una belleza impactante. Una obra mudéjar del s. XVI de las que no abundan ni en la provincia de León ni en las vecinas. No se la pierdan. No se arrepentirán. Su contemplación bien merece una visita.

(Para Sagrario Martínez Blanco en su ciento dos cumpleaños)

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