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AL TRASLUZ EDUARDO AGUIRRE
León

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C omo casi todo el mundo sabe, no es igual dar a luz que tener luces. El concejal leonesista Isidoro García, del Ayuntamiento de Sariegos, figura entre quienes se lían con tan sutil diferencia. Acaba de tener un parto múltiple de exabruptos machistas. Más que un histórico de su partido —procede de UGT— es un prehistórico. Le ha espetado en un pleno a la primera teniente alcalde, Maite Muñiz (PP), que se dedicase a «tener más hijos o a buscarlos por ahí». Ese día, García tuvo él solo cuatrillizos. Será porque no es primerizo en esto de las salidas de tono. O quizá tuvo más, porque con él es fácil perder la cuenta. Siguió pariendo improcedencias y la llamó «monja mojigata». Ignora que estas no tienen hijos, ni siquiera Catalina de Erauso, la famosa «Monja Alférez», con cuya vida Almodóvar podría escribir un guión. A don Isidoro le barrunto más de «Los bingueros». A estas alturas del XXI, utilizar como burla sarcástica la abstinencia sexual de las religiosas denota su chusco nivel de ingenio. Cuando fue instado por el alcalde, el popular Lorenzana, a pedir disculpas o a marcharse del pleno farfulló: «Si tengo que pedir disculpas, las pido». Que fue como no pedirlas. Luego, preguntado por este periódico admitió haber cometido «un exceso verbal». ¿Uno? Como le había cogido gusto al parto de paridas añadió: « ...fue porque ella dijo que tenía dos hijos, ¿y qué?, y mi madre cuatro y yo, uno. Cada uno tiene los que quiere y puede. Mi pretensión no era ofender y pido perdón si se entendió así, pero ella se lo buscó». Estas criaturas verbales de García no traen pan debajo del brazo. Como dijo aquel: ¡Qué nivel, Maribel!»

Según Mariano Rajoy son tiempos para la «finura». No sólo en política. Durante el último partido de la Cultural un grupo minoritario, pero chillón, coreó: «Puta Pucela». Por la boca muere el merluzo de secano. ¿Iría a verlo el concejal García?

Todo se puede decir con sutileza. Ahí tienen a Alba Carrillo, quien estresada por los genes maternos y al borde del naufragio emocional mantiene en la isla su finura: «A mí me han tocado lo de arriba y lo de abajo», protestó sin descender al detalle. O sea, el moño y los pies. Todo nos puede naufragar, ay, salvo las formas.

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