Publicado por
Jesús María Cantalapiedra escritor
León

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C ada día demuestro que no soy sospechoso de amar las televisiones que en el mundo son. Muchas de ellas se muestran alarmistas, cuando no tendenciosas. Nos venden lo que queremos escuchar (por muy escabroso que sea), y siempre guiadas por intereses comerciales emboscados tras airosas señoras o musculosos caballeros, ambos troquelados o clonados. Tanto ellas como ellos están cortados por el mismo patrón. Ya se sabe: hay que subir puntos en el share al precio que sea. La publicidad es la dueña y señora de los hogares hablando de consumismo. Desde los chuches del nene, al coche de papá o las prendas íntimas de mamá, todo pasa por su sibilina inoculación de venenillos incitadores a la compra. Depende de la época. Ahora le ha tocado a los productos ecológicos, biológicos u orgánicos (todos son lo mismo dependiendo del idioma); al aceite de palma (con el que están cargando las tintas creando alarmas rojas), o al litigio entre bueyes y vacas de la tercera edad. Pobres animales.

En cuanto a los productos ecológicos, ‘bio’ u orgánicos, me inclino a creer, con alguna reserva, las reflexiones de la reconocida OCU (Organización de consumidores y Usuarios), agrupación que forma parte de la Asociación Europea de Consumidores: «No hay evidencias suficientes para asegurar que los productos ecológicos sean más sanos. No existen grandes diferencias nutritivas de un producto ecológico y los de uno convencional»... «… Las evidencias científicas no inclinan la balanza a favor de ninguno de los dos bandos». Personalmente me llega un cierto tufillo a intereses comerciales de las empresas multinacionales de sobra conocidas. Los productos convencionales también deben cumplir una normativa gubernamental. La diferencia sustancial está en el precio. No podía ser de otra forma. Pero somos muy crédulos. Una persona de edad media o avanzada no tiene tiempo para cambiar su organismo con los tratados en misteriosos procesos. Se dice que a los alimentos ‘bio’ no se les ha producido con pesticidas. ¿Con qué, entonces, si muchos nos llegan envasados? Algún tratamiento químico o físico tendrán. Digo yo. ¿Es que de pronto todas nuestras berzas y otros productos no vegetales tienen menos propiedades que las de allende los mares? Allá cada uno con sus creencias dietéticas. Insisto: intereses comerciales.

Controvertido colesterol aparte, el ahora popular aceite de palma la venimos consumiendo desde siempre, principalmente en repostería y otros condumios. Y, de nuevo, nos llegan aromas económicos. Italia y Grecia nos están comiendo la merienda en la comercialización y calidad del aceite de oliva y hay que atacar por algún flanco. Habría que entender profesionalmente las diferencias entre aceite, aceite de oliva virgen, aceite de oliva virgen extra y todos los calificativos que observamos en su denominación. Mucho me temo que todas son elaboradas mediante sospechosos procedimientos. Sin embargo no han atacado al entrañable tocino del cocido ni a la panceta proletaria.

Otro asunto es el juicio sumarísimo incoado a las mal llamadas ‘vacas viejas’, en defensa de la carne de buey. Señores fiscales alimentarios: aquí la carne de buey no se ha consumido nunca, salvo la exquisitez congelada que nos llegaba (y llega) de Irlanda; los toros no solían castrarse, salvo para cuatro familias con posibles. La carne de vaca ‘madura’ (¡que feo y peyorativo es ‘vaca vieja’!) se mima y engorda con alimentos adecuados una vez finalizada su producción de leche. Debidamente emparrillada resulta exquisita, casi tanto como las de buey, que por sus cualidades organolépticas constituye un manjar. La mayor diferencia está en el precio y en el avispado comercializador. Lo de siempre. Todo lo mejor hay que pagarlo, sin detrimento del paladar que aportan los productos ‘menores’. Por otra parte, a ver cuándo se termina la permisión administrativa de consentir la letra micro pequeña para anunciar el contenido de aditamentos en cualquier elemento alimentario. ¿Quién utiliza una lupa para enterarse de lo que comemos?

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