Diario de León
Álvaro Caballero
León

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Le saco tres meses a mi hijo pequeño. Seis años cumplo ya. Lo celebramos ayer en casa como si fuera de verdad el cumpleaños, con esa ritualidad que se da a las fechas en las que creemos que hemos dejado vida. Seis años desde aquel mediodía en el que, sin necesidad de reserva previa ni búsqueda de ofertas en trivago, me hicieron un hueco para unas vacaciones a gastos pagos en la UCI: un cubículo confortable, separado por pantallas del resto para incomunicar a los huéspedes ante miradas indiscretas, pero abierto a una gran sala con monitores en el centro desde la que se controlan las máquinas de cada habitación. Un ambiente un poco zen, animado por el compás de los respiradores que aliviaban el aliento de los intubados y el morse de los equipos, entretenidos en trasladar al ordenador central las constantes vitales de los hospedados: recuerdo que el pi-pi-pi regular y constante amodorraba, el pí-pí-pí-pí impertinente alertaba de que algo no iba bien, el piiiiiiiiiiiiiiiii sostenido y decadente significaba game over. Tenía miedo a dormirme, con el oído atento a cada mensaje. Se me metió en la cabeza desde entonces, ya ves qué bobadas, que a la muerte la anuncia el silencio.

Dos días anduve allí de pensión, medio drogado, con cables en el pecho y un catéter que cruzaba desde el brazo derecho hasta el corazón, desnudo por completo bajo una sábana blanca, bocarriba, como en una película porno de serie B. No podía mover ni un dedo del pie para que no se desprendieran desde la femoral más partes del trombo, como una bomba de relojería, que ya me había abierto dos agujeros de bala en el pulmón. Me trataron mejor que en un 5 estrellas gran lujo. Nunca acabaré de agradecer al equipo de la UCI su profesionalidad, su humanidad, mi vida. Recuerdo con más exactitud lo que viví esas dos jornadas que lo que hice este viernes. Por ejemplo, la imagen de Inés, valiente y hermosa con las manos temblorosas que sujetaban el bombo de casi 7 meses, por si se me había olvidado por qué vivir.

A la segunda mañana pedí boli y papel para escribir la columna del domingo. No sé qué me pensaba que iba a salir: un testamento sin bienes, una reflexión profunda y tonta. Sólo garabateé unas líneas sobre lo único accesorio que había allí, frente a la cama: un reloj inmenso como una luna. No se podía esquivar. Cerraba los ojos y, al abrirlos, convencido de que habían pasado horas, la aguja larga apenas había caminado unos minutos. Me ha vuelto a pasar hoy al despertar. Ya seis años. Aparento más. Estoy hecho un chaval.

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