Compostilla
E l Bierzo ha perdido muchas batallas. Unas eran muy difíciles de ganar, pero otras no lo eran tanto y también se perdieron. El Bierzo perdió la Renault en los cincuenta porque no tenía arzobispo, capitán general ni espesor falangista. En los sesenta perdió los altos hornos. Ya en los setenta se quedó sin el premio de consolación que suponía la planta de «pellets». En los ochenta empezó a renquear la MSP y luego, en lo industrial, ya todo fue descender. Aunque Ponferrada tomó el protagonismo que le correspondía, y se fue convirtiendo en una ciudad bonita, amplia y meritoria.
Pero con eso no basta. Ni con otras loables realidades fabriles, como las palas eólicas o el vidrio. Tampoco con el desarrollo enológico o turístico, muy notable pero con un techo muy limitado. El Bierzo ha sido zarandeado en la última década, como si la enorme crisis general aquí se hubiera multiplicado por dos. Y aunque ha mantenido el tipo a duras penas, ahora la historia lo emplaza con un nuevo golpe cruel: el cierre de la central térmica de Compostilla; el último símbolo que queda de los potentes tiempos industriales que vivió la comarca. Vinculados casi todos a la producción de energía: el carbón, el hierro o la electricidad.
El hierro murió hace décadas. El carbón se encuentra, por muchas razones, en una fase liquidatoria, sin esperanza alguna. Esa labor extractiva pertenece ya al pasado de la comarca, como también pertenecen las explotaciones de hulla o de antracita de otras zonas de la provincia. En cuanto a la electricidad, sobrevive el gran complejo de Compostilla, cada día más solitario en su condición de testigo de un tiempo ido. Incluso se da el triste caso de que la Ciudad de la Energía, la Ciuden, el museo nacional de la materia, ha sido tristemente desguarnecido, degradado legalmente y convertido en algo muy menor, pese a sus dimensiones poco menos que ciclópeas.
Si a ello se une la pérdida del Tren de Velocidad Alta en su día propuesto, y las titubeantes trayectorias de otras iniciativas empresariales, podríamos decir que el Bierzo está siendo desnudado de sus tesoros y de una parte muy principal de su identidad moderna. Y, lo que es mucho peor, está siendo desvalijado de esperanzas, de proyectos, de ayudas, de apoyo público, de ilusiones. Ahora bien, esto ha de terminar. El Bierzo tiene que poner pie en pared. Esforzarnos todos más para hacer de la comarca un lugar más rico, más culto, más vital, más luminoso. Y esa lucha empieza por ganar la batalla de Compostilla. Como sea. Movilizar a todo el mundo, defender la térmica en todos los parlamentos competentes, comprometer a los políticos. Esos políticos demagogos e incapaces que han hecho tan poco por esta tierra, Ciuden aparte. Hasta aquí hemos llegado. El Bierzo tiene una guerra por delante y solo nos vale la victoria. Y es buena verdad eso de que unidos, venceremos.