Diario de León
Publicado por
MANUEL GARRIDO ESCRITOR
León

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L a primavera ha vuelto: la luz y el aire vibran de síntomas en tromba. Se desató la lengua de los pájaros, como si les hubiera dado un aire de locura por la gran noticia. El caso es que estaban calladitos, cierto que últimamente también un poco inquietos, moviendo la cola y de pronto salieron sobre la mañana, músicos en el gran teatro del aire, para el concierto inaugural, fulgurante y abigarrado. Se adelantó el zorzal, tordo en Cabrera, subido al pentagrama vertical de los chopos, modulando un canto de frases largas con breves pausas. Un poco más abajo en la escala arbórea, «houmeiro» o «salgueira», un virtuoso de la flauta como es el mirlo («mielra» en cabreirés) desarrolla su larga melodía en andante. No lejos de él el ruiseñor despliega en un «sabugueiro» el registro vibrante de sus variaciones ardientes, se diría que espasmódicas. Es el único que seguirá cantando cuando todos callen, y entonces en el silencio de la noche solitaria sus melodías sonarán con el acento frenético de una pasión urgente, inaplazable. El pito real lanza un enérgico relincho aflautado desde los castaños; la esquiva «milpiéndola» (oropéndola) emite un silbido sonoro en fino y grave trémolo; el cuco ensaya en el bosque de robles su canto de lejanía con dos notas repetidas y la calandria siembra en las alturas una lluvia de notas minuciosas cernidas por su garganta en vilo.

Estos son los solistas más destacados, pero no hay que olvidar a los que integran su voz más simple y modesta en el gran coro acompañante. Por los huertos junto a las casas pasea el petirrojo o «pementeira» su pechuguita naranja, tan inquieto como siempre, pero ahora se atreve a elevar su voz muy tímida y escueta, que suena como un pizzicato en «i». Por ese mismo entorno exhibe el carbonero su pecho partido en dos por la corbata negra anudada a la garganta. Le gusta exhibir sus habilidades circenses de trapecista, asido en posición vertical de una ramita con la cola doblada hacia dentro y la cabeza inclinada hacia delante, circulito fugaz. Es muy amigo de visitar las colmenas en «temporada baja»: situado en la piquera, va atrapando las abejas que al regresar se posan descuidadas. Su canto se reduce a dos o tres sílabas de acento llano. Mencionemos en fin que, cuando el aire se adensa bajo un cielo nublado y viene de pronto el aguacero, la orquesta pajaril en pleno estalla en un «tutti» de júbilo, sonoro y prolongado.

El aire vibra de sonidos, como la luz palpita de color. Surge y se extiende ahora la mancha impresa sobre el lienzo de las altas laderas por las urces al florecer. El malva que evoluciona al granate de las mínimas flores incontables tiñe de lejanía celeste la «cantadeira» universal. En la parte baja de las laderas mirando al sur, entre las encinas explosiona la jara en una lluvia de grandes pétalos perfumados y las escobas que cubren los antiguos campos de labor comienzan a abrir los brillantes botones dispuestos a lo largo de las ramitas verdes en pétalos de un prodigioso terciopelo amarillo.

Todos estos síntomas preludiaban asimismo ciertos ritos propios de la estación, y cuando las sementeras de centeno empezaban a erguirse, tenía lugar la bendición y lustración de los campos gestantes. Es este un rito propio de la religión antigua, traída a tierras cabreiresas por los romanos. Ellos hacían procesiones, llevando en andas las imágenes de los dioses cereales, mientras esparcían ante ellas y a su paso flores recién cogidas de los árboles frutales y los arbustos. La religión cristiana relevó a la antigua con un cambio de imágenes y la asunción de estos ritos y liturgias, que perviven en la costumbre de arrojar al paso de la custodia y otras imágenes pétalos de flores, así como de alfombrar o decorar las calles con ramas de escoba y de cantueso en flor.

La procesión encabezada por la cruz y un estandarte llegaba hasta un punto determinado, que variaba según la hoja o mano (zona de cultivo que alternaba con otra) donde estaban las «faceiras» (tierras de cultivo) sembradas ese año. El sacerdote entonaba al andar la letanía de los santos y el pueblo respondía. El rito y su liturgia se denominaban «rogativas», porque el sacerdote también cantaba unos ruegos, igualmente respondidos por la gente, a diferencia notable de la religión antigua en la que solo él murmuraba su plegaria y los demás permanecían en silencio para que ninguna palabra, salvo las apropiadas a la ocasión, perturbara la eficacia religiosa del rito.

Las palabras latinas, apenas comprendidas, podían dar juego a irreverencias, vías ingenuas de escape a ciertas vetas anticlericales en los sentimientos populares. Recordemos que al nombre del santo invocado por el sacerdote, el pueblo respondía «ora pro nobis», y al acabar la letanía, seguían los ruegos, cuya respuesta era: «te rogamus, audi nos». Ocurrió una vez que una mujer, muy enfadada con el cura a raíz de ciertas desavenencias por causa del riego en fincas colindantes, se cobró venganza, cierto que en forma inicial puramente desiderativa, y a cada petición del cura, ella respondía con esta fórmula calcada sobre las palabras latinas: «terronazos tras de vos». Anécdotas más o menos legendarias aparte, la bendición primaveral dio también ocasión a una sentencia como esta, repetida con una sonrisa de escepticismo y picardía, que asegura con énfasis socarrón: «val más cagaya d´ouveya que bendición de oubispo». Nada menos.

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