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MARÍA J. MUÑIZ
León

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El hombre que sonríe cuando algo va mal es porque ya ha encontrado a quién echarle la culpa. Y el incombustible ministro Montoro sonríe siempre. Hasta cuando le irrita la imbecilidad ajena, incapaz de aceptar pulpo como animal de compañía tras el magisterio de sus malabarísticas explicaciones. Estamos deseando ver si el responsable de Hacienda sigue sonriendo después del soplamocos del Tribunal Constitucional. Que no tendrá consecuencias para quienes afloraron de rositas sus fortunas escondidas, pero no debe saldarse sin asumir responsabilidad política. Eso sí que sería una noticia.

La sonrisa de Montoro tiene el rictus malicioso del duendecillo de colmillo retorcido, listo como el hambre, acostumbrado al abracadabra necesario con tal de salirse con la suya. Es un hueso duro de roer hasta para sus propios compañeros de gabinete. También le va la marcha (parlamentariamente hablando). Ahora como mínimo tiene que tragarse esa soberbia con la que ha repetido chulescamente a diestro y siniestro que nadie entendía nada de sus medidas para engordar las arcas públicas en tiempos difíciles, aunque fuera rascando miserablemente los bolsillos de multimillonarios defraudadores que volvían honrado el dinero escondido a Hacienda y libre de las cargas tributarias hasta entonces. No lo entendimos tampoco los de la nómina y la cuenta corriente que pagamos religiosamente. Aunque sólo sea porque es sabido que cuanto más pequeño sea el fraude, más probable es que se investigue.

Montoro es además un maestro del neolenguaje político. No sólo se negó a utilizar el término «amnistía fiscal», sino que tachó de cortos de entendederas a quienes así calificaban su medida. Él hablaba, con su verbo florido tributario, de «medidas excepcionales para incentivar la tributación de rentas no declaradas», o bien de «regulación de rentas ocultas, siempre que su origen sea lícito». El caso es que 40.000 millones de euros defraudadores se lavaron la cara pagando 1.191 millones. Menos de la mitad de lo previsto por el ministro que sonríe de lado.

El TC no ha recurrido a hipérboles para decirle al Gobierno que la tropelía cometida es ilegal y vergonzante. Eso sí, lo ha hecho tan tarde que ya no hay nada que reclamar para las arcas públicas. Y esa lentitud, sea intencionada o por incapacidad, también resulta muy vergonzante.

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