fuego amigo
La montaña de Alatriste
Un serial de literatura barbacoa, propulsado por el cine, convirtió a Valdeteja en destino para coleccionistas de famoseo. Y todo, porque una nevada incipiente obligó a Viggo Mortensen a refugiarse en el bar de Anabel. El lugar es intercambiable con tantos otros pueblos de la montaña, ricos en paisajes pero carentes de aliciente monumental. Su atractivo despliega el abanico natural y, en ese orden, muestra una belleza singular. Pero la sorpresa es anterior y nos asalta en la travesía de las hoces que talló el Curueño para cumplir el designio manriqueño de entregarse al mar. En ese escobio agobiado por el abrazo tortuoso de las rocas, apenas queda espacio para la trenza del río y los caminos. A partir del desahogo que encaja los edificios carcomidos del balneario, la apretura de la hoz acoge el discurrir pareado de la calzada romana y de la carretera, cuyo lecho se excavó durante la segunda década del pasado siglo. Un elemento singular de estas hoces lo constituyen los puentes de arco audaz que salvan el curso del río. La calzada romana fue más tarde cordel de la Mesta para la trashumancia del ganado a los puertos y luego corredor para el tránsito veraniego de la arriería de intercambio con Asturias. La dificultad que planteó el paso de las hoces, en el momento de trazar el Camino Real con Carlos III, relegó está vía en beneficio de Pajares. A la postre, la del Curueño y la vecina del Torío iban a ser casi las únicas que quedaran sin enlace con Asturias.
De su importancia histórica, abundan los testimonios, entre los que no falta un requerimiento del emperador Carlos al maestro Rogil, experto en calzadas y pretiles. Ya entonces, este paso áspero se encontraba mal aderezado. El documento, desempolvado como tantas historias de esta montaña por el novelista Jesús Fernández Santos, pondera el tráfico de vituallas, ganado y peregrinos que encauza este camino. Sin ahorrar realismo en el dibujo de su estado maltrecho: los destrozos de las lluvias y crecidas hacían muy peligroso el paso, atravesado por el río hasta seis o siete veces, mientras «se despeñan muchas bestias y peregrinos y se ahogan en el dicho río muchas gentes, mayormente en tiempo de nieves». El viajero descubre el bar de Anabel por su mástil con la bandera de León. La irrupción de un tipo tan generoso como Mortensen, cuya imagen se prodiga con su secuela de Alatristes, amortiguó la mitología comarcal, presidida de siempre por la Dama de Arintero. Afuera, el caserío se acomoda en la pendiente para recrearse en el horizonte calizo que corona El Bodón. Por el pueblo no hay señal de los tejos que participaron en su bautizo. Una buena tejeda prosperó en el valle del Marqués y al otro lado de la collada, Genicera evoca la ginesta.