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Las medallas
Como si no hubiera otros problemas que debiéramos dedicar nuestros afanes al sexo de los ángeles, en los últimos tiempos no hay semana que una corporación municipal no apruebe quitar los honores (léase medalla de la ciudad, medallón de la plaza Mayor, título de hijo predilecto o nombre de calle) que en su día concediera con mucho bombo y platillo al prócer de turno. Estas servidumbres de hacer la pelota a los gobernantes nunca me gustaron, pero por lo mismo tampoco me gusta ahora que se les arrebaten. Precisamente, porque los homenajeados ni se sintieron refrendados con la concesión, ni menoscabados con el arrebato. Entre otras cosas, porque suelen estar muertos.
El problema lo tienen las corporaciones que ofrecen abrazos y títulos por doquier no por altruismo, sino por su propio beneficio, pensando que recibir a éste, agasajar a aquél o poner una placa al otro, además de la foto correspondiente les acerca a los méritos del agasajado.
Sin embargo lo único que se consigue no es otra cosa que aplicar la ley del embudo y el que manda siempre quiere para sí la parte ancha. Si los mismos miembros de las corporaciones que concedieron el honor fueran los que años después se desdijeran tal vez tendría sentido. Lo que no deja de ser para la galería es que los sucesores de aquellos retiren los honores. Sé que nunca todos van a estar de acuerdo con las decisiones de los gobernantes, por eso mismo éstos deberían huir de esos gestos de cara a la galería y dedicar sus esfuerzos a hacer más fácil la vida de todos, en vez de complicarla.
Ampararse en la ley para hacerlo no es sino lo que harán después sus sucesores para revertirlo, porque las leyes, como la historia, las escriben los vencedores. Y el pueblo suele arrimarse a éstos, o por lo menos no enfrentarse a ellos, esperando que caiga algo. Así que a seguir nombrando hijos predilectos no le veo mucho sentido, a menos que el título lleve implícita la coletilla de «Santa Rita, santa Rita, lo que se da no se quita», porque a ver quién puede garantizar que dentro de cuarenta años no se les retiren los honores a los hoy homenajeados. Y lo peor de todo es que ellos nunca los pidieron, pero mezquinamente, esperando conseguir algo se los dieron y también mezquinamente y con la misma esperanza se los quitan. Van a tener razón nuestros antepasados romanos en lo de que el hombre es un lobo para el hombre.