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PANORAMA Fernando Jáuregui
León

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S i Mariano Rajoy cree que por haber superado una moción de censura tan chapuceramente planteada como la de Podemos ya ha logrado dar la sensación de que todo está consolidado y bien consolidado, atado y bien atado, me parece que se equivoca de medio a medio.

Ya he dicho alguna vez que el martes 13 perdió la oportunidad de ser el nuevo Adolfo Suárez, inaugurando la segunda transición, que él rechaza frontalmente: me consta, porque me lo ha demostrado personalmente, la propia expresión, ‘segunda transición’, le fastidia en su propia enumeración. Así que nada que hacer: Rajoy no será el nuevo Suárez, aunque, como no tiene por ahora quien le haga sombra, y como, todo considerado, no está tan mal lo que hace, pues ahí seguirá, taponando cambios, reformas y afanes regeneracionistas.

Lo digo hoy, cuando han pasado cuarenta años desde aquellas primeras elecciones democráticas desde la República, y cuando ya estaba muerta, con Franco, la dictadura franquista. Cómo olvidar que, junto con algunos otros entonces muy jóvenes periodistas, celebramos, aquel 16 de junio de 1977, la llegada del ‘cambio’. Porque la Unión de Centro Democrático suarista, que había ganado las elecciones el día anterior, ya significaba un avance democrático sustancial con respecto al partido único, el Movimiento. Algo deberíamos todos aprender de entonces. Primero, porque el partido vencedor, UCD, había sido aglutinado (desde el poder, es verdad) apenas unos meses antes, cuando también había sido legalizado el Partido Comunista de Santiago Carrillo; segundo, porque el partido que era la principal alternativa a la gobernante UCD, el histórico PSOE, se había reconvertido sustancialmente apenas dos años antes.

Tercero, porque el PCE renunciaba a sus postulados ‘de máximos’, con el realismo que siempre caracterizó a Carrillo. Cuarto, porque los nacionalismos se integraban en el sistema territorial incipiente, tras la dura represión a sus aspiraciones durante cuatro décadas. Quinto, porque España se integraba, todos lo sabíamos, en unas estructuras europeas que nos habían estado vedadas porque nuestro país nada tenía que ver con las democracias europeas. Y sexto, claro, porque el franquismo, al que Fraga quiso dar una mano de pintura, se hundió.

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Lástima que Mariano Rajoy, que entonces preparaba sus oposiciones a registrador de la propiedad, y que las aprobó brillantemente un año después; que Puigdemont, que, casi adolescente, comenzaba a escribir crónicas de fútbol para un diario gerundense fundado por el Movimiento; que Pedro Sánchez, apenas un niño; que Albert Rivera, que no había nacido, y Pablo Iglesias, que tampoco, no perciban en toda su crudeza cuánto es de necesario un nuevo período consensuado que nos dure otros cuarenta años de tranquilidad, sosiego y prosperidad.