cuerpo a tierra
Integración ferroviaria
Los franceses sostienen que de lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso. De lo ridículo a lo sublime, la distancia es la misma. Por eso, a veces, decimos que una película es tan mala que es buena, que una ocurrencia idiota expresa una carga de profundidad semejante a toda una filosofía o que una cara a todas luces irregular encarna una versión nueva de la hermosura. Es tan frágil la frontera entre lo aberrante y lo excelso que un pequeño desvío los hace indistinguibles, confundiéndolos. Si, como escribió Rainer María Rilke en la primera de sus Elegías de Duino, la belleza no es otra cosa que el principio de lo terrible que podemos soportar, al ángel del horror acaso debamos empezar a mirarlo con otros ojos.
Con alas y plumas —con alas de pega y plumas de charol, sujeto por las axilas por dos indisimuladas maromas— se nos presenta descendiendo de las alturas, como si bajase de las regiones celestes, igual que si fuera un proyecto megalómano y concedido por la gracia divina, la integración ferroviaria de León, con asistencia incluida del ministro del ramo. Se trata, en realidad, de una obra debida, no por una promesa electoral sino por un apaño que ya dura demasiado tiempo: el parche de la nueva estación ferroviaria en «fondo de saco», que viene a querer decir desviada de las vías férreas de tránsito, como todos los viajeros padecemos. No olvidemos que se cerró la «estación del norte» porque se iban a soterrar las vías con el advenimiento del Ave y lleva siendo provisional desde hace seis años, que se dice pronto. La crisis hizo que nos cuestionásemos la idea de provisionalidad pero no la de eternidad, me parece. El asunto, visto desde hoy, es decir, con perspectiva, sólo tiene dos lecturas: o se cerró con precipitación o el retraso es considerable.
Intentar sacar réditos propagandísticos de lo que es el fin de una obra sempiterna, sólo puede hacerse desde la convicción de que no iba a realizarse jamás. La presencia de las autoridades a pie de andén para recibir al ministro de Fomento, Íñigo de la Serna, que venía a anunciar la consecución del soterramiento —que tampoco va a resultar como el que en principio se proyectó—, es un gesto que dice mucho, pues así se agasaja a sus majestades los Reyes Magos en Navidad. ¿Sublime o ridículo?