Orgullo y prejuicios
E n los 60, las protestas contra la guerra de Vietnam activaron un dominó revolucionario. Con flores en el pelo, gafas Lennon style, colores chillones y símbolos de la paz, aquella década prodigiosa no tumbó las estatuas de sus caballos, pero amplió los horizontes de lo posible. Sobre todo en Estados Unidos fueron años convulsos, psicodélicos y metafísicos. El 28 de junio de 1969, mientras las mujeres tiraban los sujetadores al aire en un simulacro de emancipación, los homosexuales granizaban piedras contra la policía por desalojar el Stonewall neoyorquino, un local de «ambiente». Aquella noche, «los maricas perdieron su cara de miedo» (Allen Ginsberg), se desmelenaron y empezaron a sentirse orgullosos de ser miembros de la mayor minoría humillada y ofendida de toda la historia del mundo. Casi 50 años después, los gais han avanzado en la aceptación legal y social más que cualquier otro grupo en la historia. Pero el tamaño y la rapidez de este cambio no han alcanzado a los 80 países en los que las relaciones homosexuales son delito, ni a los 13 en que la reincidencia está castigada con la pena de muerte.
Dice Michael Hobbes que los gais creyeron que cuando la epidemia del sida se acabara estarían bien. Luego, que cuando pudieran casarse estarían bien. Ahora, que cuando el bullying se acabe estarán bien. De momento no son lentejuelas todo lo que reluce, la depresión, la soledad y las adicciones son la sombra que escolta a un porcentaje significativo de gais. Es el estrés de las minorías: pertenecer a un grupo segregado lleva peaje. Incluso en la tolerante España las agresiones homófobas son el principal delito de odio. Por eso, a los que dicen que hace falta un día del orgullo hetero, mi amigo ultrarracionalista Juan Soto Ivars les replicaba antier en su columna que lo que les hace falta a algunos heteros es «precisamente ser un poquitín menos orgullosos». O menos tartufos, que es lo que son esos cavernarios vestidos de corderos.
Viendo Madrid estos días de birras, rosas y arcoíris, se siente uno orgulloso de que ese megacirco del World Pride sea solo el envoltorio hortera de una conquista tan relevante como la de las sufragistas: la hazaña de habernos instalado no solo en una bendita normalidad, sino de ser la punta de lanza del mundo mundial en la celebración ?de un derecho humano que todavía está muy lejos de ser universal, porque en una tercera parte del mundo los gais viven en la insoportable invisibilidad del disimulo para librarse del acoso, la cárcel, la tortura o el ahorcamiento. Ningún amor está vacunado contra el dolor, pero el amor que hasta hace poco no podía decirse por su nombre aún vive en el espanto de los prejuicios. Que lo sepa usted, señor Tartufo.