Diario de León

TRIBUNA

Serena melancolía por el futuro fallido

Publicado por
Felipe Fernández de Mata ABOGADO BAÑEZANo
León

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A Al impulso de los deseos de visitar pueblos perdidos, viejos castillos y campos olvidados, mis hermanos y yo recorrimos en un día varios lugares en el norte de Guadalajara, zona llamada por su despoblación la Laponia o la Siberia española. Lo aquí descrito es aplicable a muchos lugares de nuestro Reino de León y también de Castilla.

El viaje comenzó en Santamera pequeño lugar en el que existen pocas casas, algunas magníficas y una de ellas muy llamativa, edificada sobre base de piedra y con una coronación de madera. Parece un edificio extraído de un cuadro de El Bosco, el colmo del aislamiento, de la locura y de la independencia que exhiben sus moradores a quienes osan perturbar su paz.

A la salida del pueblo se halla un minúsculo cementerio en el que pude contar los restos de apenas una docena de personas, con flores frescas depositadas recientemente. Muestra elocuente de respeto a los que nos precedieron y vivieron en la tierra que les vio nacer durante generaciones. A su lado continua un precioso camino que a nuestra llegada estaba desbordante de agua por las lluvias recientes. A ambos lados se alzan impresionantes roquedos de piedra caliza cual gigantescas murallas sobrevoladas por buitres. Estamos en el Cañón del río Salado. Los muros exudan gran cantidad de agua que en ocasiones platea bajo los rayos del sol y en otros lugares se muestra oscura como si se tratara de hidrocarburos.

Atravesando unas sorprendentes salinas en el río Salado, visitamos después un pueblo llamado Riba de Santiuste, dominado por su Castillo. El lugar es apacible, tranquilo, y muestra también sus nobles caserones de piedra bien construidos, recios, severos. Golpea con fuerza el silencio, se hace de nuevo patente la soledad, la falta de habitantes. Tratándose de un lugar aseado, con un pasado perceptible de esplendor en otros tiempos, sobrecoge la falta de presencia, la ausencia de vecinos, de mujeres, de niños, siquiera de ancianos.

Un gran grupo de gatos de todos los colores y pelajes se adueñan de los lugares preeminentes de lo que fuera plaza. Sobre un banco público cuya ubicación privilegiada les permite recibir los cálidos rayos del mediodía, descansan gran número de felinos que entreabren perezosamente sus ojos curiosos al ver llegar inesperados visitantes. Todo es tranquilo, quietud, alguien nos indica que el lobo este año está cerca. Todo invita a la reflexión y de nuevo surge la pregunta ¿por qué esta soledad?, que se plantea con angustia a veces.

Sobre una roca alargada, en posición dominante sobre el pueblo, se alza un espectacular castillo que fuera sucesivamente castro celtibérico, posible fortificación visigoda, fortín musulmán, y fortaleza cristiana. La llegada del francés y su larga mano destructora, nunca suficientemente analizada a la luz de sus hechos, alcanzó estos remotos lugares. ‘El Empecinado’, se hizo fuerte en estas zonas y ello provocó la destrucción de muchos lugares de nuestro patrimonio histórico, entre ellos este castillo y también el de la cercana Atienza. Fue reconstruido en la segunda mitad del siglo XX, y una extraña historia en la que se mezclan fantasmas y programas de televisión, ha vuelto a arruinar al menos interiormente el baluarte, que se alza como transatlántico varado sobre su milenaria roca de atraque. La incuria de nuestro país sonríe bravucona desde los destrozos causados a la pobre fortaleza, y esta vez, ni siquiera ha sido necesaria una guerra.

No tardamos en ir después a otro lugar no lejano, llamado Palazuelos, donde existe el mayor recinto amurallado de España, tras el de Ávila. Un castillo habitado sorprende por ver vida y respeto a piedras venerables. Allí residió nada menos que la Princesa de Éboli.

Mas, de nuevo, percibimos la ausencia de habitantes como una llaga. Es la presencia ominosa de nadie, de la nada. Ni una conversación, ni un murmullo, ni una risa de niños, la ausencia de suspiros o quejas. Caminando por las empinadas calles nos cruzamos al fin con una peripuesta dama, ya entrada en años, que pasea un can sujeto con correa. Hablamos unos minutos con ella y nos manifiesta con gran educación, ser inglesa, de Northampton y residir en el lugar con su marido. Es una de los diez habitantes actuales del pueblo y produce admiración oírla que aunque no existen tiendas, ni bares, ni restaurantes en el lugar, la cercana Sigüenza a siete kilómetros les permite disponer de cuanto precisan e incluso, añade, no tiene problema en hacer la distancia andando en alguna ocasión. Otra vez la postración de contemplar algo maravilloso, pero solitario, desolado, con muchas casas derrumbándose, los tejados cediendo y los muros reventando bajo la presión de los años y del abandono.

Pasamos más adelante a Carabias donde disfrutamos del exterior de una iglesia románica del siglo XIII con un bellísimo atrio. El templo estaba cerrado pero son visibles los espacios en los que los ciudadanos se congregaban tras las misas y se reunían para comentar los acontecimientos o para comprar mercancías en puestos de mercado. ¡Cuántas generaciones se han sucedido hasta llegar al muy reciente abandono total! ¡Cuántas guerras, sufrimientos, bautizos, bodas, vidas transcurridas en tan reducido espacio! Gentes sin duda nobles de espíritu, con dignidad, con conocimientos y con orgullo de ser lo que fueron, de carácter recio. Eran nuestros abuelos y desde luego, ni iban vestidos de harapos, ni despreciaban cuanto ignoraban. ¡Cuántas cucharadas de sopa a la luz de las velas, con el tronco ardiendo en la chimenea, los perros ladrando y el aullido del lobo cercano!

En el pueblo, un gran mastín que pierde copiosamente su pelo invernal nos da la bienvenida y se une a nosotros ávido de caricias y compañía humana. Animal inteligente que ha acertado nuestra sangre leonesa, nos toma ley enseguida y nos sigue en gran parte de nuestro recorrido. Dos habitantes nos indican que los pobladores se acercan a diez, aunque si el hotel tiene actividad, el número asciende.

Pozancos presenta un aspecto más cuidado, más habitado. Sigue siendo un pueblo enmarcado en la comarca, en un valle en el que las casas se acumulan en un ribazo. Hay paseos frondosos de chopos y fuentes junto a antiguos lavaderos que esperan inútilmente desde hace más de medio siglo que alguien regrese a hacer uso de la pila para lavar unas sábanas a mano. Curiosamente en el lugar habitan al menos dos parejas de alemanes. Extraño país éste en el que nuestros jóvenes se van a Alemania en busca del futuro que no hallan aquí y algunos alemanes vienen a sus casas en busca de pasado, de historia, de paz, de cielos vírgenes estrellados y del sol y de la atmósfera limpia de la que carecen allá. Pudimos ver una gran casa solariega, muy llamativa por la nobleza de su construcción y la generosa amplitud de sus muros, de su arquitectura.

¿Porque no se ha fijado la población al territorio? Al parecer los movimientos migratorios comenzaron en los años sesenta, es decir hace casi sesenta años. La inacción de décadas es un fallo espectacular, gravísimo. Las casas rurales, abiertas por doquier, está claro que no bastan, no son la solución. Hay muy pocas parejas jóvenes y estas tienen muy pocos hijos y los que hay prefieren la animación de Sigüenza, Guadalajara o Madrid. Allí comienzan una nueva vida luchando por abrirse paso desde el principio en un mundo para ellos desconocido desde generaciones. Atrás quedan las casas, las calles, los castillos, las murallas, las historias pequeñas al calor de la lumbre, la Historia, nuestra olvidada y mil veces cuestionada Historia.

Visitar aquellos lugares es escuchar el gran lamento de lo que desaparece ante la indiferencia de quienes han cambiado hasta tal punto nuestras raíces, que su soledad, su abandono, su tristeza y desamparo, suscita a los sumo un tuiteo, o un güasap.

¿Será que España es demasiado grande para tan pocos españoles y tan pequeños en su discurso? ¡Dios mío, cuanta nostalgia sin preguntas, sin respuestas!

Se han creado comisiones para el estudio de las causas y remedios para la bajísima densidad de habitantes en muchas zonas de nuestro país. Certificarán su defunción, porque la España del interior murió hace ya muchos años.

El ser como permanencia de Guadalajara, de España, está pasando o ha pasado al olvido del ser, como podría haber dicho Heidegger.

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