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HOJAS DE CHOPO ALFONSO GARCÍA
León

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« La democracia degradada no puede convertirse en costumbre». La nuestra. Lo leí y lo traigo a cuento porque no hace mucho un alto dirigente político afirmaba que «esto no es Venezuela». Claro que no, aunque unos y otros se empeñen en convertirla en uno de los ejes de nuestro debate parlamentario y político, en esto días complicados sin ir más lejos. Ya cansan. Hay muchos problemas para solucionar aquí. Gran confusión. A todos nos gusta el respeto de los derechos humanos, pero no la focalización partidista que se puede hacer del asunto, que revierte en acusación de injerencia. La política exterior que solo mira con el color de un cristal acaba en el desprestigio internacional y acabará pasándonos factura. Filipinas, por ejemplo y en otro ámbito, asiste a un movimiento que ya ha recibido propuestas para eliminar el nombre del país «a fin de borrar toda huella española», como ya ocurriera con la lengua.

Un grupo amigo de periodistas de la otra orilla me envía un largo texto, entre crítico e irónico, que finaliza así: «Hay que ir a Venezuela para recibir la nacionalidad española». Hablan de que España concedió el 21 de abril la nacionalidad al director del periódico venezolano El Nacional, Miguel Henrique Otero, para protegerlo, en nombre de «la libertad, los derechos humanos y el ejercicio del periodismo independiente como pilares de la democracia». Y se preguntan, con el malestar de amplios sectores que estiman la actitud como una clara injerencia por razones partidistas: «¿No debería el gobierno español ir repartiendo nacionalidades por otras muchas partes del mundo, con dictaduras tan sordas y demoledoras? ¿Por qué ni siquiera las condena?». Añaden que el año pasado concedieron la nacionalidad al también venezolano, actualmente en arresto domiciliario y protagonista de la actualidad, Leopoldo López y a su esposa, para protegerlos del chavismo (Confieso mi admiración personal por el personaje y su lucha contra la dictadura enloquecida de Maduro. Me encantaría que se le reconociese pública e internacionalmente. Pero hablamos de otra cosa). Se preguntan los periodistas: «¿A cuántos venezolanos deberían proteger entonces y concederles la nacionalidad? Difícilmente hay límites».

Se lo cuento como me lo cuentan. Actitudes como esta es posible que dañen nuestra imagen exterior. Es necesaria toda la cautela, no la irreflexión provocada por asuntos ajenos al hecho en sí. Es un tema mucho más serio. Creo. Ya hay fuego suficiente.

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