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manuel garrido escritor
León

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L os montes siempre se ofrecieron a la mirada humana grávidos de un misterioso atractivo, ya se trate de ondulantes colinas solitarias o de grandes elevaciones en cadena. La historia de las religiones cuenta las cumbres como lugares de teofanías en tradiciones muy antiguas, así las relatadas en la Biblia.

Huérfanas ahora de un encanto divino ya desvanecido, las montañas conservan el atractivo, todavía religioso a pesar de todo, del ascenso por los altos andamios, ya no de las flores del poeta, sino de la soledad en que perderse, rumbo al silencio que habita en la distancia del aire o lejanía.

Es posible asimismo encontrar otras cosas dispersas entre las hierbas de las altas vaguadas, unas plantas hechas para el asombro perpetuo y verdadero y la humilde ventaja ocasional, restos del polvo cósmico que Álvaro Cunqueiro evocó desprendido del creador al sacudirse las manos alfareras.

El territorio cabreirés está delimitado por dos cadenas montañosas, que son la Sierra de la Cabrera Baja y los Montes Aquilianos, presididos estos por la cumbre del Teleno, el dios tutelar de los antiguos pobladores prerromanos, ambas con grandes valles cavados profundamente en sus flancos.

Y en las dos, pero sobre todo en la Sierra, que mantiene una altura de cota más elevada y uniforme, crece la genciana, esa flor emblema de la alta montaña, corona de las cumbres, mágico brote con el que la tierra oscuramente erguida rinde tributo al espacio azul con su ofrenda en amarillo.

Ese es el color de las flores de esta planta en cuyo tallo, que puede superar el metro de altura, se agrupan a intervalos esas flores como espigas acunadas en la axila de las hojas color verde pálido.

Desde que, según Plinio, el rey Gentius le dio nombre al descubrir las bondades de sus raíces, siempre fue buscada como remedio para los males del estómago y la desgana de comer, no importaba su amargor insoportable, que la gente comparaba al de los «axenxos».

Y esta era la forma como se nombraba en Cabrera: «xanzana» (o la variante «xanzaina»), un término casi idéntico al gallego, que es «xanzá».

No se utilizaba el castellano, pero sí una curiosa mezcla con la sana intención del bien hablar para este bello, y también doble o triple, resultado: janzana, janciana y janciaina.

La gente de los pueblos más cercanos acudía a esas cumbres de la Sierra y los Montes para arrancar las raíces. Sucedía siempre a principios del otoño, una vez concluidas las faenas de la cosecha, y la operación extractora se prolongaba un par de meses, antes de que la nieve cubriera las cumbres.

A veces había que interrumpir la actividad por la llegada temprana de las primeras nieves, para reanudarla una vez que el suelo quedaba despejado o con una capa escasa que no costaba limpiar.

Se trataba, en contra de lo que pudiera parecer, de un trabajo exigente y esforzado, más propio de hombres, aunque es cierto que también algunas mujeres lo hacían para conseguir pequeños hatillos que bajaban al hombro.

Porque el suelo donde crece en pequeños grupos es muy duro y amazacotado a aquellas alturas, terrón de sierra, lo llamaba la gente, y se precisaba potencia para clavar el pico en un esfuerzo continuado por cortarlo a trozos hasta descubrir las raíces, cuanto más gruesas, mejor. Había hombres que pasaban semanas enteras allá arriba, de modo que volvían con buenas cargas. Un tendero o comerciante compraba y almacenaba para después vender en cantidad.

La venta de la genciana proporcionaba unos ingresos nada desdeñables, más necesarios en épocas o momentos de especial carencia, agravada por la superpoblación, como fue el tiempo tras la guerra civil.

La actividad llegó a los años 50 del pasado siglo, cuando empezó la emigración masiva y se abandonó definitivamente. Tantos años de explotación llevaron a esta planta al borde de la extinción.

Libre al fin de esa presión, poco a poco se ha ido reponiendo, aunque está todavía lejos del antiguo esplendor.

Pero dejemos ya las cumbres y bajemos a internarnos por «los valles solitarios, nemorosos» donde el poeta halló inspiración y la economía familiar una modesta fuente para el sustento.

En la umbría de los bosques al «aveseo», orientados por tanto al norte, poblados de robles y abedules, crecen los acebos (dichos en cabreirés «acebros», «acebral» allí donde son más numerosos).

El caso es que durante un tiempo, coincidente con la época de carencia que sucedió a la guerra civil, la gente se dedicó a descortezarlos, porque esa corteza se demandaba para productos químicos, como la liga.

Ni que decir tiene que la mayoría de los árboles se secaba, de modo que, si no en la misma medida que la genciana, mucho más tiempo presionada, también ellos rozaron la extinción.

Una vez le oí contar a un hombre de Santa Eulalia, pueblo con un acebral notable en la sierra, una anécdota de su juventud ligada a esta actividad desollante. Había llevado una carga de cortezas a Quereño o Ponferrada, no recuerdo.

Allí le pagaron y a continuación montó en el tren rumbo a Astorga. El hombre recordaba que durante todo el viaje le fueron temblando los «cuadriles» (piernas, muslos) del miedo a que le robaran el dinero, una cantidad para él entonces astronómica.

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Llegó sin novedad. Después se reía de sí mismo y de aquel miedo.