Diario de León

TRIBUNA

Niños y ‘gigantones’ en la capital leonesa

Publicado por
Héctor-Luis Suárez Pérez Musicólogo e investigador de la tradición
León

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G racias al «baibibún» ese de los sesenta algunos leoneses, tras aterrizar en la historia, hemos tenido la enorme suerte de vivir nuestros primeros años en una ciudad pequeña y acogedora. Un León curiosamente también poco provinciano frente a otras capitales, pero mantenedor de muchas costumbres que conservan su acervo y sabor con grandes similitudes al modo de vivirlas propio de cualquier pueblo. Desde los años sesenta hasta los ochenta, algunos todavía pudimos «echar bastante tiempo» en jugar en las calles o las plazas junto a otros niños de un modo parecido al que, en su infancia, disfrutase la entonces tan promiscua generación de nuestros progenitores. Estampas lúdicas que, al salir del «cole» o de la escuela, se repetían en cualquier barrio o en «el centro» de León y tanto en el entorno de los niños más humildes como entre los más «pudientes».

Hasta podíamos disfrutar en muchos prados circundantes de la ciudad. Algunos muy próximos al casco viejo y otros aislados como solares y espacios que estrangulaban los edificios a la espera de su construcción, completando así el tejido urbanizado. En estos, a veces escasos de hierba de tanto pisoteo de servidumbre, teníamos también cuidado de no pisar la ropa puesta a blanquear por las lavanderas sobre parte de la fresca alfombra verdina conservada. Años más tarde, tras la adolescencia, los de la generación en cuestión igualmente pudimos ostentar la condición de «quintos» y así, por el final del otoño, multitudinariamente nos tallábamos en el ayuntamiento. Para la ocasión la plaza de San Marcelo se llenaba antes del trámite y era ocasión para una inolvidable y posterior celebración moceril junto a otros muchachos del barrio o amigos.

Pero, de niños, además del juego típico en cada una de las distintas estaciones, existían auténticos iconos, «propios del tiempo», que podíamos implicar en nuestra biografía y calendario anual de ocio. Así, por las fiestas de San Juan y San Pedro, en los mismos escenarios urbanos descritos nos «prestaba» ver y dar la mano a los «cabezudos» durante las cabalgatas o en las madrugadoras «dianas» callejeras. Entrañables y aparentemente amigables eran, como hoy y siempre, inseparables acompañantes de los «gigantones» junto a la danzarina «tarasca». Comparsa de antigua propiedad catedralicia y utilidad vinculada a la procesión del Corpus Christi de antaño. Un magnífico atractivo tradicional para la rapacería, con testimonio fotográfico de inicios y mediados del S. XX conservado, aunque asustase a los más chiquitines por cuestiones de tamaño. Siguiendo su propia tradición y cual película de terror, incomprensiblemente en ocasiones también los cabezudos se transformasen de modo diabólico. En su metamorfosis, pasaban a correr como posesos «tras de la chiquillería» en el intento, merced a las cimbreantes varas de los cohetes, de atizarnos con «toa su mala leche» en «el culo» o en «el pompis» —según la fineza del infante. Aspecto lingüístico social poco relevante si te pillaban, pues «mancaban» igual sin discriminar.

Pues bien, ¡quién me lo podía decir!, con el inicio de los ochenta ya casi en época de «quinto» y durante casi veinte años después, entre las actividades de las fiestas donde nos podíamos implicar para ganar «un dinerín» y pasarlo bien, un servidor –y discúlpeseme el personalismo–, eligió «los gigantones». Junto a varios mozos y «mocinas» del Barrio de Santa Marina como Alfredo el de «la Asturiana» y sus hermanos, Javi el de Enedina, Oscar y sus hermanos, «Copito», «Pablichi» y mi compañero de puja Jose «el del tallista», por mencionar algunos, al lado de otros de distintos puntos de la ciudad – con inolvidables como Antonino o Parrado padre e hijo «a la tarasca», Otaduí, Ordás, Ana Delgado, Oscar … y disculpadme los no citados por razones de espacio—, recogíamos el testigo en tales menesteres mantenido durante décadas por algunas cuadrillas de personal de la limpieza: los populares «barrenderos».

Hoy la tradición ha retornado de dos a una única comparsa de «gigantones» con nuevos y ligeros personajes: San Froilán y la Pícara Justina, que se unen a la pareja de regionales y a la del «moro» y «la mora» – con perdón, pues así siempre se llamaron —, desde los sesenta con trajes hechos por la hermana del popular «Ico», el campanero de la Catedral. Los ejemplares más pesados de los ochenta, la pareja de Reyes –que sustituían a otros de los cincuenta—, nuestro romano «Marco Antonio», Jóse, y su Cleopatra descansan en los almacenes municipales. Hoy los portadores no están por aquellas actitudes competitivas, algo estúpidamente sacrificadas y «brutonas» de antaño que, todavía para nosotros, eran motivo de orgullo en el grupo. Valga recordar la tradicional y »enconada» carrera» de los gigantones, tras la mañana y la cabalgata de San Pedro, desde bomberos a los almacenes frente al CHF. Tampoco se hacen ya las «dianas» mañaneras y madrugadoras, presentes ya en el XIX, que tanto nos costaba conciliar con la verbena de la noche anterior. Desde la «Casa de la Poridad»—Ayuntamiento viejo de San Marcelo— tampoco se puede decir que se hayan interesado mucho en la puesta en valor histórica, a pesar de lo hablado en unas jornadas sobre el tema de hace unos años, donde participé. Recuperar los decimonónicos «gigantones» de «las razas» humanas, aquellos que provenían de la Catedral y de la procesión del Corpus hasta el XIX, junto a «la tarasca» —otrora acompañada por «la gomia», el «gomiato», siglos atrás desaparecidos— y que, todavía de niño, recuerdo «guardándose» en los bomberos de Julio del Campo.

Lo pasábamos fenomenal. Calle a calle y de plaza en plaza recorríamos León y en todas las churrerías, muchas carnicerías, bares y tascas, además de muchos vecinos, siguiendo pautas de hospitalario comportamiento festivo ancestral, gentilmente y disfrutando de la situación, invitaban a la cuadrilla a «un colorado torcido» con pan, «pastinas», a un «orujín» o «mistelina» con «churrines», un «porronín» de butano o de fría gaseosa con cerveza y todo a cambio de nada. Era suficiente que, tras un par de cohetes que tiraba «Vitorino» —no faltos de simpatiquísimas anécdotas asociadas— la tarasca, algunos cabezudos y la pareja de gigantones regionales, u otros, bailasen «una jotina» que «echaban» los tamboriteros acompañantes: Víctor de la Riva y el Sr. Colás, Jesús Bayón y Compadre o Emilio Rubio, y, algunos años, también Solutor — «Ojones» —, «el tío Ángel» de Santa María y Pedro, de Bercianos del Páramo, así como el sobrino de Félix, «el de Navafía», que antaño siempre estuviera en éste trance, entre algunos más.

En la mañana del día de San Pedro, que también ha perdido relevancia en las fiestas actuales, los «novatos» del año en la comparsa recibían su bautismo y recorrían todas las fuentes de las pedanías del alfoz: Trobajo del Cerecedo, Oteruelo y Armunia, a donde llegábamos, en estampa surrealista y graciosísima, montados en la caja de uno de los camiones municipales. Otro grupo se desplazaba a Puente Castro llevándose la Tarasca pues, ese día, es allí fiesta patronal.

Mutan los tiempos, las generaciones y los atractivos hacia la tradición y sus formas de expresión y vivencia pero, si recurrir al equivocado tópico de que «cualquier tiempo pasado fue mejor», lo que vivimos y como lo pudimos vivir algunos —entre los que nos hallamos los mencionados en estas líneas—, ha sido un auténtico privilegio que nos ha permitido entroncar con las formas más ancestrales, sinceras y sencillas de comportamiento rural pretérito festivo.

Expresiones hoy inconcebibles para muchos en una ciudad pues, su realidad ante otras circunstancias, les dificulta entender y concebir una ciudad de León, pequeña, donde muchos nos conocíamos y, a muchos, otros tantos a los que tal vez no conocíamos, nos conocían perfectamente.

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