LEÓN EN VERSO
El eje o el buje (III)
El subcantábrico llegó a ser el eje más célebre de León; el vocablo tomó parte esencial de la revolución propagandística que inundó los medios de comunicación en los primeros años de los 90, cuando la zapa del felipismo tardío hizo creer que el programa de cohesión de la Unión Europea salía de un pozo sin fondo; subcántabrico emergió al tiempo de otros neologismos que simularon una transformación social y económica que no fue tal; al menos en León. El supereje fue coetáneo de la época en la que los mayordomos autonómicos iban a Bruselas a quejarse, en modo plañideras, de las dificultades de administrar tanta tribu en un territorio que entre sí comparte poco más que el sol que sale por el Este y se pone por el lado de Galicia; el eje enterró pasta a espuertas, la que Europa concedía para rescatar las posibilidades de desarrollo de la población casi dos décadas después de que la gente de este tercio norte, el nuboso montañoso de la información del tiempo, hubiera huido a la orilla del Nervión, lo más cerca, a emprender otra vida. Así que a cuenta del futuro de León, a base de mamar de la UE en la teta de los pobres mientras aquí el mensaje era el de enfatizar nuestra condición de imparables, se hicieron ricos otros. Aún se conoce quiénes; basta con un simple recorrido por las curvas trazadas con el peralte al revés. Se puede comprobar en un viaje transversal por la provincia leonesa, entre Villablino y Puente Almuhey. Los remiendos escupen la verdad. Y los surcos en el asfalto llevan al mismo sitio que los apeaderos novísimos de la línea estrecha en pueblos abandonados, en los que para redondear el desfalco sólo faltó una escalera mecánica para recibir al raposo que merodea por la puerta de las estaciones en la soledad de las noches de invierno. El eje subcantábrico no conduce a ninguna parte; ni sirvió de rescate más allá de las campañas de imagen que se costearon con cargo a la intervención de Europa frente a los desequilibrios territoriales que cada año que pasa se acentúan más. En algún recoveco, colocados de forma estratégica igual que el perfil de los toros de Osborne, rompen el sky line de la montaña leonesa — esa que llamaron oriental como que fuera Onís al doblar la cordillera— cartelones en los que permanece imborrable con letronas de brochazo gordo el nombre del artista de tamaña faena. Ahí quedó el eje, que gira sobre el buje.