en blanco
Esto es el colmo
Puesto que vivir son dos días y el de en medio está lloviendo, me largo una semanita a la Europa culta y civilizada, donde a pesar de todos los pesares siguen conviviendo gentes de todas las razas habidas y por haber. Porque en la majestuosa Estocolmo, una ciudad viva, moderna y muy orgullosa de sí misma, el tejido humano local incluye desde la india retrechera que atiende la recepción del hotel, hasta la camarera que evidencia hechuras de ser una vikingona de pura cepa.
A pesar de haber sufrido los estúpidos zarpazos del terrorismo, se trata de una sociedad progresista que funciona a base de un?os principios básicos de convivencia, pese a los intentos involucionistas de ciertos cabestros que han evolucionado, a fuerza de fanatismo, desde el homo sapiens al homo cretinus. Y con cierto éxito, hay que reconocerlo, pues han creado un mundo en el que todos somos enemigos de todos, siempre bajo la presunta y terrible coartada de desbaratar las perversas artimañas de la maldad terrorista.
En este punto entra en escena la nutrida casta talibán integrada a golpe de vocación en el sector del orden y la seguridad, referida en este caso a los responsables de los controles de pasajeros en el aeropuerto de Barajas.
Armados con unos modales prehistóricos y una retórica de tono áspero y estridencia belicosa, algunos de ellos se creen el gran Napoleón Bonaparte en plena campaña de Rusia, o bien Hitler planificando con sus generales la batalla de las Ardenas. Pasar el control, abarrotado hasta el punto de parecer la jungla del Amazonas en hora punta, se ha convertido en una experiencia muy bestia.
Entiendo que la principal misión de la policía es sospechar, pero parar a una señora mayor que ya no está en edad discotequera para hacerle un test antidrogas, pues me parece algo excesivo. O tocarle sus partes a un muchacho con rastas por ver si lleva un par de granadas detonantes…
En fin, una demasía que por su propia enormidad dice mucho acerca de cómo somos y de dónde venimos.