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EMILIO GANCEDO
León

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Uno tiene sus vicios ocultos, tampoco excesivos ni inconfesables, como meterse un cocido en agosto o imaginar las vidas de la gente que pasa, y uno de los que me resulta más difícil de extirpar es Yugoslavia.

Dicho así puede parecer raro tener como hábito un país ya extinto, pero qué se le va a hacer. Ya lo decían en Airbag, «el cuerpo humano es un enigma».

Y sí. He leído unos cuantos libros y visto documentales y vídeos —algunos me impidieron dormir toda la noche— relacionados con la brutal, feroz e inopinada destrucción del Estado de los eslavos del Sur, y reflexiono a menudo, como si no tuviera otra cosa mejor que hacer, sobre aquellas guerras que nos agriaron un poco las comidas del 92, el año triunfal de España, y las del resto de la década, con sus bombardeos, sus limpiezas étnicas y sus milicianos en camiseta y zapatillas de deporte, tan turbadoramente parecidos a nosotros mismos. Me siguen estremeciendo aquellas palabras de Alija Izetbegovic («sentí cómo se abrían ante mí las puertas del infierno») en una de las mejores series documentales de la historia, La muerte de Yugoslavia, y no puedo dejar de alucinar ante la facilidad con la que amigos y vecinos de escalera se sacaron los untos unos a otros en razón de una patria, una religión y una etnia.

Pero si tuviera que escoger un solo documento, escogería el sutil Hermanos y enemigos, un reportaje sobre dos de los más brillantes jugadores de baloncesto de finales de los ochenta y los noventa, el serbio Vlade Divac y el croata Drazen Petrovic (éste fallecido tan prematuramente), dos centellas europeas en los United de los Lakers y los Nets. En uno de los últimos partidos que jugaron con su —imbatible— selección yugoslava, un seguidor incontrolado saltó a la cancha con una bandera de Croacia, que Divac instintivamente apartó al considerar que no era ni oficial ni representativa del país entero. El gesto no sólo hizo que Zagreb le crucificara de muchos modos sino que —aún más doloroso— motivó que Petrovic no volviera a dirigirle la palabra, quebrándose así una amistad hondísima que venía de muchos años atrás.

Es una historia yugoslava, una más.

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Y yo me pregunto: ¿Cuántos Divac y Petrovic, a cuenta de cochinos trapos, nos esperan si esto sigue como sigue?