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panorama antonio papell
León

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E l gran Peridis publicaba horas después del brutal atentado de Las Ramblas de Barcelona una valiente viñeta en que, mientras un iluminado volaba con una urna en las manos bajo las aspas de un helicóptero que simulaban la cuatribarrada diciendo «Nosotros seguimos con la hora de ruta», una familia que contempla el sobrevuelo afirma: «Nosotros quedamos con la hija de luto».

Los insultos contra el viñetista fueron atroces, en las redes sociales y fuera de ellas, mientras la Cataluña oficial aprovechaba cualquier oportunidad para manifestar que el atentado no tiene nada que ver con el proceso. Y esta actitud voluntarista se ha llevado a la práctica: Puigdemont y sus partidarios se han codeado con los miembros del Gobierno y con el jefe del Estado con exquisita corrección, con el fin de mostrar que la pretensión de ruptura institucional no tiene por qué afectar a las buenas relaciones entre las partes (algo absurdo, evidentemente).

Una mínima reflexión ponderada sobre lo ocurrido permite concluir en que no existe una relación causal directa entre el proceso soberanista y el múltiple atentado terrorista del día 17. Los degenerados que ahítos de odio planearon la gran brutalidad, acopiaron explosivos y se provisionaron de vehículos no estaban movidos por el ímpetu secesionista, ni siquiera debía conocerlo muy a fondo ya que hay que imaginarlos absortos en su propia maquinación.

En definitiva, no existe relación directa pero no se puede decir tajantemente que los fallos de seguridad, que a todas luces han existido, habría tenido lugar si no se hubiera registrado una insoportable y creciente tensión entre Barcelona y Madrid. Tan sólo un dato obliga a reflexionar: la Junta de Seguridad de Cataluña, que coordina los departamentos de Interior del Estado y la comunidad autónoma, se reunión el pasado 10 de julio. por primera vez desde 2009. La desconfianza entre las partes es tal que los Mossos d’Esquadra no tienen todavía acceso a los archivos de Europol, por lo que su capacidad de contribuir a la lucha antiterrorista está severamente limitada. No es cuestión de enrarecer el ambiente actual con nuevas sospechas ni de buscar teóricas responsabilidades en un drama del que hay que culpar a sus odiosos autores, pero sí cabe afirmar que los ciudadanos de Cataluña no se merecen que sus instituciones, autonómicas y estatales, estén a la greña cuando sobrevuela una amenaza como la que finalmente ha causado la tragedia. En política, todo tiene que ver con todo, y es claro que la incitación a la ruptura que emiten y mantienen los sectores soberanistas, conscientes de que están abriendo una profunda brecha entre mitades prácticamente idénticas de la sociedad civil, merece una calificación oral, que cada cual se ocupará de establecer según su propia conciencia. Y es lícito pensar que ese interés particular tiene también su parte de responsabilidad en la vulnerabilidad del conjunto.

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