SEGURIDAD Y DERECHOS HUMANOS ?ARTURO PEREIRA?
Es nuestra responsabilidad
L amentablemente estos días el tema fundamental para todos nosotros son los atentados terroristas ocurridos en España y en el resto de países europeos. También lamentablemente estos hechos criminales cada vez son más frecuentes y creo que nos queda una travesía del desierto que pasar con este grave problema.
Se ha dicho mucho, quizás demasiado sobre los atentados que más de cerca nos atañen a los españoles, los que ocurrieron en el suelo patrio catalán. Los españoles somos así y aprovechamos cualquier incidente para airear nuestras vergüenzas y defectos que todos tienen pero que nadie como nosotros publica a los cuatro vientos.
Los posibles errores o descoordinaciones que pudiera haber se han producido en todos los países donde se han cometido viles asesinatos como los que hemos sufrido en nuestra, nunca mejor dicho, sufrida España. A las pruebas me remito, véase como han gestionado estas crisis Inglaterra o Francia por ejemplo.
De lo que han dado ejemplo nuestros vecinos ha sido de encerrar su autocrítica de puertas para dentro y transmitido un mensaje de unidad frente al terror. En nuestro caso no ha sido así, no repetiré lamentables declaraciones de ciertos responsables políticos por todos conocidos puesto que nada aportan salvo un cabreo monumental para todos los que creen en los manidos principios democráticos.
Otra cuestión a tener en cuenta es si estamos poniendo suficiente empeño y recursos en nuestra seguridad. Parece que ni una cosa ni otra.
El gasto en seguridad y defensa en España es mínimo, nunca nos gastamos mucho, quizás por nuestra forma de ser que banalizamos casi todo fruto de nuestro carácter.
Pero esto ya no vale. La seguridad requiere voluntad de garantizarla sin falsas retóricas y con las inversiones económicas necesarias. Seguridad y libertad son dos términos indisolublemente unidos, no puede existir la una sin la otra. No son gratis. Requieren de nuestra firme convicción de que queremos que nuestra forma de vida se base en estos dos valores que tanta sangre y penurias nos han costado a los europeos.
Debemos reflexionar sobre si esto que queremos para nosotros lo queremos exportar a otras formas de entender la vida, con una tradición histórica, religiosa y cultural distinta de la nuestra y en algunos casos con valores en franca oposición. Consideramos que por haber optado por un modelo político basado en la democracia liberal somos superiores o mejores que otras civilizaciones basadas en un acervo étnico y religioso donde ambos vínculos determinan la organización y jerarquía social.
Nos hemos empeñado en crear en nuestro suelo europeo unas sociedades naif como ha expresado recientemente la filósofa Agnes Heller en el diario El País donde creemos que todos comparten nuestra misma visión de las cosas. Evidentemente esto no es así. Y esto implica respeto para aquellos que su doctrina no coincide con las nuestra.
Respeto sí, pero es el mismo que nosotros tenemos derecho a exigir de ellos, máxime cuando les hemos acogido, ayudado y cuidado. No lo hacemos todo bien, es obvio, pero no cesan de llamar a nuestras puertas porque por muy mal que hagamos las cosas siempre estarán mejor con nosotros que sin nosotros.
La paz requiere diálogo, prudencia, pero también requiere de fuerza. Se puede hablar de casi todo, negociar de casi todo, pero, no se pueden negociar nuestros valores y claudicar en aras de un ilusorio mundo feliz donde todos nos sentimos seguros bajo el paraguas de la libertad. Esto es imposible porque hay sectores integristas que sencillamente no creen en ella y la combaten con todos sus medios. A estos radicales se deben oponer todos los recursos necesarios y que Europa tiene. Ahora solo nos falta la convicción y determinación de aplicarlos. Solo a nosotros y a nadie más nos corresponde tomar y ejecutar las decisiones correctas.