LA GAVETA
Día del Bierzo
Hay un Bierzo insondable y secreto. Misterioso y perenne que muchos bercianos no conocemos. Yo mismo, berciano aunque hijo de asturianos, tampoco lo conozco; no se puede. Se esconde sobre sí mismo; no quiere compartirse y eso hay que respetarlo. Supongo que escribir así parece una chifladura, y acaso lo sea. Pero yo digo, humildemente, lo que siento, lo que siempre he sentido: que hay un Bierzo que no nos pertenece a los que somos hijos de forasteros o a los propios forasteros. Hablar de este modo parece algo muy reaccionario, muy cerrado en sí mismo, pero creo que verlo así es erróneo.
Porque ese misterio es compatible con lo que realmente debemos ser los seres humanos. En nuestro caso ser del Bierzo, ser leoneses y sentirnos implicados con el resto de la provincia, lo que muchos bercianos no comparten, para mí tan equivocadamente. También ser españoles, nuestra identidad clave porque es la que nos coloca en el mundo de una forma más sólida. Igualmente ser europeos, porque las naciones medianas o grandes del viejo continente, como la nuestra, ya no pueden protagonizar nada en el concierto mundial si no es en el seno de las instituciones que se gobiernan desde Bruselas. Ser europeos es, hoy más que nunca, lo que somos y debemos ser. Sin olvidar que todo ser humano ha de tener miras internacionalistas. Ha de ser abierto, interesado en cuanto de relieve pasa en la tierra. Lo mismo la crisis norcoreana actual que la lucha de los países africanos por salir de su pobreza. Lo mismo la gran literatura anglosajona que el arte japonés o la filosofía hindú. Lo mismo la sabiduría del budismo, que es por naturaleza universal, que las bellísimas ciudades antiguas italianas. No se puede ser berciano, ni leonés, ni español ni europeo sin tener una mirada universalista.
Pero, a la vez, y de un modo enigmático, está por ahí, remitido a unos miles de personas nada más, ese ser berciano de fondo. Esa bercianidad que viene de los siglos, de los campos más que de las minas, de la ganadería más que de la industria, mucho más. Del tiempo y los caminos, de las familias y las aldeas; de la religiosidad popular. Esa identidad pequeña y a la vez irreductible que se expresa en el peculiar acento de los idiomas castellano y gallego en la comarca del Sil. Pero también, y sobre todo, se expresa en una mirada a la sociedad que es muy propia, entre escéptica y ardiente, esforzada y melancólica a la vez, animosa y escéptica. Y la almendra de esa mirada, de esa actitud, de ese silencio —porque lo que trato de entrever es muy silencioso— es de una complejidad inabordable. Los más profundos bercianos son muy reservados, son monumentos líricos y épicos a un tiempo. Cada uno de ellos está sembrado de originalidad. Irónica o tosca, romántica o áspera, ese modo de ser me llama y me sorprende. Me deja fuera, pero yo me siento dentro.