LA LIEBRE
Así me gusta a mí
Como si quisieran reinterpretar Alta Fidelidad, la obra de Nick Hornby en la que el protagonista proyecta su vida a partir de listas de 5 canciones, en el Ayuntamiento toledano de Torrijos han definido un catálogo de temas que recomiendan no poner a los pinchadiscos en las fiestas por considerarlos sexistas. La nómina se abrió con Maluma y Romeo Santos y terminó por configurar un paredón con aportaciones al gusto de la turba en la que se colaron, entre otros, Corazón de tiza de Radio Futura; Fueron los celos de La Unión; y, cómo no, La Mataré de Loquillo: una letra escrita por Sabino Méndez como una de las primeras denuncias contra la violencia de género y arrastrada, 30 años después, por el desconocimiento de los aficionados a tomar el rábano por las hojas para levantarlas como una cabellera que uncir al cinto. Tenía que pasar. En unos tiempos en los que las redes paren un censor por minuto con capacidad de hacer manada y evolucionar a jauría, endogámica y retroalimentada, estaba visto que terminábamos por sancionar la ficción para vacunarnos contra la realidad.
El tribunal musical toledano —al que no se le puede negar que los dos temas de reggaeton bien merecerían cárcel— se enmarca en una corriente social que camina hacia la delegación de responsabilidades en manos de la restricción legislativa de las libertades individuales. Nos entregarán masticado qué pensar, con el riesgo que implica quién lo define. El acotamiento de los márgenes de lo que se debe y no se debe escuchar, de las películas que tienen que verse o entregarse al olvido, de los libros en los que encontrar guía o tirar a la piscina sin contemplaciones como hacía Umbral, de lo que se puede decir o no, más allá de los derechos de los demás, chapotea en el mismo lodo democrático que la prohibición de una conferencia sobre Cataluña, bien sea en Madrid, en Vitoria o en Utrero. La intervención de la ley en la esfera del ciudadano acabará por evitarle que se ponga delante de las letras de la canción señalada de Maluma y encuentre una sarta de borregueces que identifique como tales por su propio esquema de comportamiento. La música, la literatura, el cine o incluso el periodismo no están para moralizar a los jóvenes, sino para reflejar lo que existe. Los valores los moldea la sociedad, no un pinchadiscos. Aunque reconozco que a mi generación nos haya quedado algún trauma con Chimo Bayo.