Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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Aparté por un rato el texto que estoy escribiendo sobre la faltriquera de Cervantes y nos fuimos a pasear por Montuerto. Entonces, contemplando la belleza del río Curueño me vinieron a la memoria unas viejas y estrambóticas declaraciones de Jordi Pujol sobre el Quijote. Al llegar a casa, las localicé en la Red. Las pronunció en 1998, en la presentación en Barcelona de la edición realizada por el Instituto Cervantes, dirigida por Francisco Rico, quien lo definió como «el más catalán de los libros». Esto no terminó de relajar al entonces presidente de la Generalitat. «A mí el Quijote me resulta tan próximo o tan lejano como el Fausto de Goethe», alegó ante lo más granado del cervantismo. Triple zapateta de elogio ambiguo. Ensalzó su trascendencia literaria, pero lamentando cierta condición de estandarte «hostil» de lo español. Al caballero andante le faltaba la barretina. Hombre, también uno de los tanques aliados que liberaron París se llamaba «Don Quijote». Como la cabritilla tira al monte, aseguró que le parecía más importante La Divina Comedia, pues fue «definitoria de la lengua italiana» y había creado sentimiento de nacionalidad. En El País le recordaron unas palabras suyas anteriores: «Nosotros no podemos ir con el nombre de Cervantes por el mundo, por muy admirable y fundamental que sea, hemos de representarnos con nuestra propia identidad».Pero parte del mejor cervantismo fue y es catalán.

En aquella sonada intervención recalcó que él sí había leído el Quijote, a diferencia de otros que alardean de farol. «Me lo leí de dos veces, hace años», recalcó. ¿No sería de doscientas? Tiene casi mil páginas, despachárselas de dos veces roza la proeza no ya lectora sino gimnástica. ¡Pararía un rato a respirar, a merendar butifarra, a dar una cabezadita en su colchón suizo! Un poco bilbaíno esté don Jordi, pues. Lo mismo leyó otra novela. ¿Se fijo si ponía arriba Lafuente Estefanía?

Cerca del Curueño, un hermoso caballo gris asomó la cabeza desde su cercado. «Ay, descendiente del gran Rocinante, dichoso tú que vives en paz y sin nacionalismos», declamé. «Tampoco puede leer el Quijote», me habrá apostillado sarcástico don Jordi. En efecto, sobre todo de dos veces. Todavía de tres...

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