Diario de León
Publicado por
En blanco Rosa Villacastín
León

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Q ue Hollywood no es ese mundo idílico que tan a menudo vemos en las películas, lo sabíamos todos. Que la meca del cine cobija bajo su gran manto protector escándalos sexuales y económicos que no ven la luz porque poderoso caballero es don dinero, también. Uno de los hombres más prestigiosos y conocidos del cine americano, el productor Harvey Weinstein, es acusado de haber abusado de algunas actrices que o bien buscaban trabajo o bien lo conseguían, si a cambio aceptaban sus proposiciones deshonestas. Ha sido la actriz Ashley Judd la primera en confesar que fue durante el festival de Sundance de 1997, cuando tuvo un episodio sexual no consentido con Weinstein. Ashley, que tenía entonces 23 años, le amenazó con llevarle ante los tribunales, denuncia que no llegó a efectuar gracias a que el poderoso productor le pagó 100.000 dólares por su silencio. Un silencio que ha roto veinte años después. No ha sido la única: otra actriz, Rose McGowan, ya dijo hace un año que ese mismo hombre la había violado, lo que no impidió que su novio, el director Robert Rodríguez, le vendiera a Weinstein la película de la que ella era protagonista.

Lo más sangrante ocurrió cuando McGowan fue a denunciarlo y la fiscal, que era mujer, le dijo que nunca podría derrotar a Weinstein porque ella había rodado escenas sexuales en una de sus películas. Esa misma actriz es la que señala a quienes supuestamente han sido sus cómplices, nada más y nada menos que Russell Crowe y el mismísimo Tarantino, que fueron quienes según cuenta se pusieron en contacto con ella para que frenara un artí culo que se iba a publicar en el The New York Times . Ha sido la gran Meryl Streep, quien ha escrito que «comportamientos como el de Weinstein son inexcusables», aunque con ella siempre fue respetuoso. Critica sin embargo a quienes sabiendo de estos encuentros en hoteles, en baños, en despachos, lo han negado durante décadas. Y es ahí donde pone el dedo en la llaga señalando a los periodistas de entretenimiento que sabiendo lo que ocurría no lo denunciaron en sus medios de comunicación. Un pecado, el del miedo, o el de la complicidad, que se puede hacer extensible a mucha gente, de todas las capas sociales, también al de la justicia, que defienden al abusador y no a su víctima.

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