Diario de León
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In memoriam Avelina

L a muerte es nuestra fiel compañera del viaje por esta vida. Hay santos y santas que viven a diario a nuestro lado de forma tan humilde, sufrida, laboriosa y espiritual, que no nos apercibimos fácilmente, embobados con un relativismo postmoderno, sin reparar a veces en la grandeza de almas sencillas bienhechoras como Avelina.

Andamos la mayoría de las veces sin rumbo cierto, olvidados de dar a nuestra vida el único sentido que tiene; salir al encuentro de Cristo en las alegrías y en las penas. Misterio que venimos celebrando estos últimos años casi a diario que nos recuerda el papa Francisco, haciendo memoria de los cristianos fallecidos en estas guerras absurdas de que somos testigos, sin convencernos del gran misterio agazapado en la cumbre del Calvario desde hace dos milenios y a diario a plena luz del día.

A Avelina sencilla y hacedora ama de casa que tanto asusta a las servidoras profesionales de la ciencia y educación sobre todo, hoy día, le debemos, sin embargo, el cuidado maternal de su numerosa prole, nueve encantadores hijos con otras tantas ramificaciones en forma de nietos; nietas, que ha visto crecer entre tesinas y altas nominaciones desde la cumbre de sus 88 años en la ribera del Pisuerga a su paso por Pucela. Una gran escuela inaugurada y patrocinada por su marido, don Julián, ausente desde hace más de un año. Un misterio realizado a la par, un sueño cumplido, una belleza, matrimonial y la vida, largos años compartida, conducen a una suerte aprovechada y una felicidad merecida, que leemos y meditamos al unísono en la estampa-recordatorio. Me cabe la suerte de describir tanta belleza opaca apilada conjunto familiar, por haberla disfrutado de cerca en las alegrías y algo menos en las penas que acompañan a una vida intensa.

Dios sigue siendo tan bueno que permitió a Avelina irse al cielo en compañía de los santos ángeles, con San Miguel a la cabeza, el día de la fiesta, en Villacalabuey su pueblo su pueblo natal donde recibimos la triste noticia. Y permitir a su marido salirle al encuentro en gran celebración celestial y terrenal. Sin lloros en uno y otro sitio que pudiéramos contemplar los asistentes a la despedida pucelana. Se cumplió el dicho: según la vida así es la muerte. Un sueño festivo inesperado de despedida, La última etapa de su vida quiso la suerte disminuir el ajetreo y publicidad dicharachera a Avelina, pero sin perder la compostura y la alegría por tantas cosas, que acompañan a una familia numerosa sonriente y feliz. Pudo dar buen testimonio de su tolerancia en el dolor y en el gozo, siempre bien atendida y acompañada mamá tan valiente.

Nueve hijos y nueve décadas beneficiándose de tantos cariños y atenciones como en vida había repartido por los pueblos antes de desembocar en su largo currículo asistencial en Valladolid. Más de media vida. Casi 90 años —precioso don divino— de tránsito de alegre primero y posterior postración después sobrellevada y bien asistida. Es de gran educación y cariño devolver algo de lo mucho recibido en la fecunda vida. Bien aprovechado caminar por este mundanal ruido cantado por el poeta, que rara vez exagera con el dominio que tiene de la palabra. La santidad que no es propia de papas únicamente, sino de grandes y pequeños, desde la exigencia del propio bautismo para los creyentes con mayor estímulo, si cabe.

El vacío que deja su marcha, se traduce en la ausencia del contacto alegre, siempre al servicio de una sana y mayor animación optimista de mejora personal. La muerte es el acto definitivo del ser humano.

Agradecidos, tía Avelina, gran señora, feliz ama de casa y asistenta generosa a don Julián. Y amplia familia. Eso se llama santidad. ¡Descansad en paz! Todo por la paz que reza la estampa mortuoria.

ángel carvajal. leóN

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