León

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La historia política quizá no sería la misma sin las barberías o sin las zapaterías, las de zapatero remendón. Allí se debatía con mayor libertad y apasionamiento que en las selectas tertulias de café o whisky aunque carezcan de glamour. Aunque todos ellos son lugares calientes, probablemente más adecuados para tomar el pulso a la calle que las encuestas del CIS, pero el envilecimiento de la sociedad hace cada vez más complicado un intercambio de pareceres sin riesgo de que la cosa vaya a mayores.

Hoy se habla más en la intimidad, en el tú a tú, y posiblemente nada más adecuado para hacer una buena cirugía a la sociedad que escuchar lo que perciben los que trabajan de cara al público pero sin masificaciones, como puede ser un dentista o un podólogo.

A mí me tocó ayer pasar por la consulta de este último y me transmitió su profunda preocupación por los fuegos del noroeste y por el ‘incendio’ del noreste. Y especialmente por los efectos de futuro que tendrán ambas cosas. Sobre Cataluña me transmitió su intenso temor porque las cosas están a corazón abierto y los verdaderos perjuicios para todos son ya una hemorragia imprevisible. Pero me dijo que, sin duda, le generan aún más preocupación los efectos terribles ocasionados en la sociedad y en la convivencia, que tendrán una muy compleja cicatrización.

Sus comentarios coinciden en el tiempo con las noticias de los últimos días, que alertan sobre que han vuelto las listas. Se escriben relaciones de nombres, como tantas veces en la historia de España de los ¡¡¡otros!!! De esos a los que se les coloca un ‘apellido’ porque piensan, creen, aman o sienten distinto. Éste es probablemente el mejor termómetro para diagnosticar la fiebre totalitaria. La de quienes se creen por encima del que está al otro lado. Que desacreditan o eso piensan porque el otro es... Es la epidemia que tantas cunetas ha llenado —físicas o metafóricas— porque aún son muchos los que se suben a diario a púlpitos cargados de verdades para intentar acallar o desprestigiar al distinto.

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Estos no son tiempos de héroes. Que lejos parece aquello de «estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo». Lo curioso es que ni siquiera ha sido posible un acuerdo total sobre la autoría de tan repetida frase.