León

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Reparé en el deterioro del libro rojo de Lenin aquella primavera en la que un amigo, leonés para más señas, regresó de una isla fantástica del Caribe con una infección de caballo que acojonó a los médicos; la fiebre aconsejó un cultivo en el Hospital de León. Nunca se llegó a saber si fue bacteria o virus aquel agente que tornó a apocalíptica la mirada del chaval, al que creo que, al final, puso a salvo la genética de Utrero, capaz de resistir a la embestida de Franco y la CHD. Celebré la recuperación en silencio, y con cerveza, mientras se desplomaba la balanza migratoria de la isla, en picado, como en Laciana y Los Oteros. Se juegan la vida para nadar hasta las costas de Florida, pero no hay réplica entre los que saltan al mar desde Miami en busca de los editoriales del Granma. El mismo desconcierto envuelve la llamada a libertad y barricadas, que termina diluida entre el éxodo imparable de la clase media; la clase media es la única capaz de crear riqueza en un país. No, no son los bancos centrales. El fenómeno con el que nos aturden es añejo. Esa gozadera con la que contagian al personal cada vez que una sociedad anónima pliega velas en el registro mercantil de Barcelona acaba por desorientar al contribuyente leonés, que se acuesta el lunes en la vana esperanza de que el martes no va a tener que pagar la hipoteca a lo que queda del viejo monte del piedad del Penedés, ni el peaje de la León-Astorga, trastornado por el ruido mediático exagerado que secunda a un acta notarial. El estado autonómico fue un supositorio que le hincaron a León sólo porque a Cataluña le dolía la cabeza. No se entiende bien a qué viene buscar complicidad en esta tierra para oponer respuestas contundentes al que se sale de filas en un sistema que aquí explica toda la destrucción que se acumula en las últimas tres décadas. Si existía el 155, ya se pedía a gritos desde el reparto de sedes de cancillerías, de funcionarios clase supra y de subvenciones que apuntalan las fachadas. No hace falta enemigo si esa gestión se ampara en la Constitución. No hay mayor tragedia que no querer saber quién eres. Si dudan, rebusquen en las redes sociales, palacio de invierno de la gente. Lo bueno de ser de León es que si nos independizamos no se nos va ninguna empresa. (Palabra de Cloe). No hay sabiduría como la que se cuece al fuego que calienta la paciencia. Y los impuestos.

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