Ponferrada

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En todos los lugares donde fermentan las buenas historias hay una bodega, una taberna, un bar estrafalario, o una cafetería con mesas de mármol que se resiste a cambiar con el paso del tiempo.

En Nueva York, la ciudad de las ciudades, ese lugar casi bicentenario es la taberna de McSorley, un establecimiento tapizado de fotografías en blanco y negro, recortes antiguos de periódicos, imágenes de presidentes asesinados, barcos de vapor y programas de teatro, alguna herradura y alguna estrella de mar. La taberna de McSorley, inmortalizada por el legendario periodista de New Yorker Joseph Mitchell, abrió antes de la Guerra de Secesión y apenas ha cambiado en los ciento sesenta y tres años que lleva ocupando la planta baja de un edificio de ladrillos en la calle Siete, muy cerca de Cooper Union y el final del Bowery.

En Oporto, la cafetería más inmortal podría ser el Majestic en la Rúa Santa Catarina; emblema del modernismo cuando su clientelea era lo más distinguido de Portugal, y tan atestado hoy de turistas como la mítica taberna de McSorley.

En Madrid, para irnos acercando, tuvimos y volvemos a tener, afortunadamente, el Café Comercial en la glorieta de Bilbao. Reabierto este año, es uno de los locales más literarios de la capital junto al Café de los Espejos y el Café Gijón, en el paseo de Recoletos, y ya aparecía en alguna novela de Galdós.

Más similar a la taberna de McSorley, por extravagante, ha sido durante muchos años la bodega de Joaquín Lence en Cacabelos. Joaquín —hoy me han contado que falleció hace más de un año— era un alma gemela del viejo Bill McSorley, sin duda. Si la taberna neoyorquina tenía tres relojes de pared, cada uno con una hora diferente, la bodega de Lence mostraba una hilera de despertadores que no sacaban del sueño a nadie. «Eran de mineros, pero, como ellos, están parados», me explicó una vez Joaquín, que exhibía un ataúd, el suyo, apoyado en la pared.

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Y en la pared demostraba el bodeguero toda su sabiduría. En lugar de los presidentes muertos de McSorley, exhibía Joaquín Lence en su bodega los retratos de Franco y de Lenin, juntos, pero no revueltos, porque la mitad del pueblo era rojo, decía, y la mitad falangista. Y así no le pegaba nadie.