Toca frustración
P ocas frustraciones colectivas tan grandes se han producido en España como la que desencadenó la muerte —perdón el vil y cobarde asesinato— de Miguel Ángel Blanco Garrido. Hace de aquello 20 años. Los españoles tomamos las calles —debo admitir que en pocas manifestaciones más he participado— para exigir que liberasen a uno de los nuestros, a aquel chaval de Ermua con el que ETA pretendía hacer chantaje al Gobierno para suavizar una dispersión de sus presos que tanto daño le había hecho. Era la huida hacia adelante, la respuesta ruin a la liberación de Ortega Lara tras más de 500 días secuestrado. A Miguel Ángel le dispararon por la espalda maniatado y de rodillas, y tan cobarde y miserablemente que ni siquiera falleció en ese momento. Sus asesinos y quienes les apoyaban —alguno no tiene reparos en hacerles aún guiños casi a diario— fueron tan miserables que incluso atacaron la sepultura —su cuerpo fue luego trasladado a Galicia— ante la que fue despedido por un joven príncipe Felipe en una imagen que quedó como la última de aquellos días tan intensos.
La sensación de fracaso y de frustración en la que se sumió la sociedad española le sirvió para afrontar con decisión de una vez por todas el problema terrorista. Y por complicado que parecía acabó doblegando a los pistoleros cuando desarboló todo el aparataje de apoyos que lo mantenía en pie.
Ahora de nuevo, como en toda buena crisis, surge una oportunidad. Este mes de octubre que hoy acaba tendrá consecuencias muy relevantes para el futuro de España. Hay una crisis de convivencia y una frustración en demasiados frentes de la sociedad. Entre quienes se vieron independizados o casi, en varias ocasiones. Y en general entre quienes quisieron hacer buena la máxima de la política vasca de recoger las nueces ya que el árbol lo estaban agitando otros, y soñaban con el advenimiento de la ‘tercera’ o de la democracia asamblearia con menos convocatoria que la charla de un premio Nobel en Ibiza.
En León de frustración se sabe bastante. Las ínfulas autonomistas pasaron de la cresta de la ola —calendario en mano para fijar el referéndum— a ser fagocitadas por las mesnadas del zapaterismo hasta morir de inanición. Ahora el sueño languidece frustrado y sólo se asoma cuando se oye lo de ciudad ‘castellana’. Queda la duda de si es una confusión territorial o se usa como sinónimo de páramo, despoblado, yermo, estepa...