Publicado por
antonio manilla
León

Creado:

Actualizado:

Asciende Rufián las escaleras del púlpito del Congreso y arrastra consigo un aire a pandilla y billares que no se puede negar. Las balas de Tejero, incrustadas en el techo, se estremecen porque saben que algo va a ocurrir. Como si hubiera llegado un pariente, diríase que se congratulan. El rumor en la bancada popular va decreciendo hasta convertirse en el silencio que precede a las tormentas: saben que va a haber disparos. Hasta la vicepresidenta expresa incomodidad aflojándose el nudo de la corbata que no lleva. Los podemitas, sin distinción de camada, le aplauden por dentro mientras ajusta el micrófono.

El discurso de Rufián, maniqueo y guerracivilesco, tiene el trazo grueso de las ideologías periclitadas y los nacionalismos nonatos, pero es discurso. Tiene tensión y chispa, ángel y falta de papeles. Importa menos su estructura que sus efectos. Y produce erisipelas. A derecha e izquierda, se echaba de menos una oratoria que no fuera de extremo centro. Ni limándole los bordes pasaría por moderado este hombre. Tampoco por Cicerón, de acuerdo, pero aquí siempre hemos sido más de pirotecnias verbales que de pensamientos metódicos y razonables. Si no hay intelecto, que por lo menos haya gresca.

Gabriel Rufián, catalanista de padres andaluces, con la mirada acostada sobre el tendido mientras habla, tiene entonces un aspecto de pandillero huérfano. De torero que se sabe solo frente al morlaco. Y le brillan los ojos. No por las maldades que los constitucionalistas atribuyen a su endemoniada oratoria, sino porque pertenece a la familia de esos que buscan la conformidad con la existencia, imprescindible para permanecer en el mundo con cierta dignidad, en la utopía, en el mañana quimérico e inconcreto, diferente de los múltiples ensueños particulares que anidan en las personas tomadas de una en una, como individuos.

En el abrazo a las utopías (y Rufián milita en un partido que lleva un par de ellas en su propio nombre) hay una notable carencia de imaginación, un rendirse a dar batalla individual y concreta, algo, digamos, adolescente, puesto que la adolescencia es el tiempo de los grandes ideales abstractos e imposibles. Poco importa en ese momento, mientras está en lo alto del estrado, que la historia nos haya enseñado que los sueños colectivos suelen terminar en gulags y treblinkas. Iluminada su mirada por el reflejo de un relámpago, pone a bailar horizontes lejanos con su ritmo de bala.

Cargando contenidos...