fuego amigo
Las catacumbas del vino
Si cualquier vino de prestigio necesita un gran río a su vera, la corriente fluvial que inspira a los caldos del Páramo leonés no puede ser el arroyo del Prado, que desde su manantial baja a Valdevimbre, donde encharca los pastizales de Mediavilla. Tanto la vertiente vinícola del Páramo como los vecinos Oteros del Rey se aloman hacia la vega del Esla, que es el gran río que humedece el resol de los severos cascajares donde maduran los majuelos de Prieto Picudo. El nombre de Valdevimbre no encierra mucho misterio si se atiende a la lógica de su enunciado. Valle de mimbres, abundantes en los salgueros que arropan el tránsito perezoso del arroyo por las eras. A su cinta verde asoman los ojos de las bodegas abiertos en la cornisa del páramo.
Al otro lado del vallejo, el caserío remonta la ladera apaciguado en la pendiente que corona la torre de la iglesia. El pradón acoge las instalaciones deportivas, el arbolado de la fuente, un parque de recreo y los lavaderos con los pilones para abrevar el ganado. Su hendidura vegetal permite que los vecinos casi vigilen las bodegas desde casa. La vaguada suma más de treinta hectáreas comunales. Aguas abajo, en la confluencia con el Valle Grande de Fresnellino, se encuentra el despoblado de Farballes, una majada que conserva la majestuosa fuente con seis caños, mientras de la iglesia apenas aguanta en pie su espadaña de ladrillo.
Luego, por Benazolve y Villalobar, el valle asoma a la ribera del Esla. El viñedo se concentra en los cascajos del páramo. Se trata de un cultivo histórico en la zona, vinculado en la alta Edad Media al monasterio de Santa María y Santiago y luego al cabildo catedralicio. Ya entonces, surtía la ciudad de León y Asturias. El censo de majuelos fue en aumento hasta finales del diecinueve, cuando se acercó al millar de hectáreas, convirtiéndose en proveedor principal de las tabernas leonesas. Hace ciento treinta años, apareció la plaga de la filoxera, que fue menguando las cepas hasta casi terminar con ellas en los desdichados veinte del pasado siglo. A partir de ahí, se produce la recuperación, que alcanza su pico en las más de tres mil hectáreas de los sesenta. Entonces se pone en marcha la cooperativa, que homologa los caldos con aguja, su seña de identidad más apetecida.
Ese leve burbujeo carbónico ha sido uno de los secretos mejor guardados durante siglos en las catacumbas del vino de Valdevimbre. Su búsqueda propiciaba las excursiones de los leoneses hacia la frescura de las bodegas, de donde salían cada cual a su manera. Las horas completas, de Luis Mateo Díez, relata la expedición de unos canónigos al júbilo de estas catacumbas, de donde regresan alumbrados a la ciudad, que los recibe con el incendio de la catedral.