Diario de León

TRIBUNA

Ochenta y cuatro años de indefensión

Publicado por
Ara Antón escritora
León

Creado:

Actualizado:

U na manada —¡Qué casualidad!— de animales sueltos ataca a unas personas desvalidas que duermen en la calle, entre ellas una de ochenta y cuatro años.

Hasta ahí, la noticia. ¿Animales? —nos asombramos—. Bueno… tal vez perros salvajes o gatos cruzados con pumas o lobos; en invierno, ya se sabe… No —nos aclara el amigo informante—. Eran jóvenes que andaban de juerga nocturna. ¿Jóvenes? —repetimos, asombrados—. Pues sí. Niñitos, que, a fuerza de poseer juguetes y libertades, se aburren. Y ¿qué se les ocurre? Pues como la juventud es bella, fuerte, sana, poderosa… atacan a aquellos que, por la edad o las dolorosas circunstancias de su vida, son viejos, feos, sucios, mendicantes... No es la primera vez. Hasta se les puede prender fuego en una cabina de teléfonos. La creatividad de estas «joyitas» no tiene horizonte ni fronteras.

Sí. Es intolerable. La justicia debería actuar con toda su fuerza contra estos bárbaros. Seguro que a muchos se nos ocurren métodos muy efectivos, pero, claro, no se deben escribir, ni decir, ni pensar siquiera porque no son políticamente correctos. No obstante, no puedo por menos que sugerir unos casi inocentes, y desde luego nada agresivos, que podrían ser muy efectivos, tales como multas casi millonarias, que los sujetos habrían de abonar, si no con el blandengue corazón de sus papaítos, con trabajos para la comunidad a la que se han permitido atacar; o cocinar y servir cenas, todos los fines de semana, durante lo que les quede de vida, a esos desgraciados a los que patean mientras duermen helándose de frío en las calles; o compartir su cuarto y su baño, atestados de video juegos y otras mandangas, con uno, dos o tres —dependiendo del espacio— de estas pobres gentes, que no tienen un techo que los defienda de las terribles noches de invierno. Podría aportar otras ideas, pero creo que con estas es suficiente.

¿Cómo decís, don Luis? ¿Que es un atentado a la intimidad y al futuro de los chicos? Podéis tener razón, señor. Pero ¿creéis que el consentirles formar en su cerebro enfermo la imagen de que todo les está permitido no es atacar su existencia futura y la de su entorno?

¡Pobres! ¡Son tan jóvenes! ¡Castigarlos de por vida..! No os conozco, don Juan. Vos, el mayor indeseable que han afamado los siglos.

Ya. Es cierto, don Luis. Pero, os aseguro que una eternidad de infierno da para pensar y mucho.

¿No comprendo que decís? Doña Inés logró…

¡Qué va, don Luis! Ya no pudo. O, mejor, no la dejaron. Ella, como todas, quiso, pero hubo quien cortó sus deseos y heme aquí, purgando para los restos. Por eso mejor aprecio lo que se puede o se debe.

No obstante, tenéis razón, mi asesinadito amigo. Como a mí mismo ocurrió, nadie les ha concienciado de que la existencia es el único bien que cada ser tiene y que ha de ser respetado e intocable.

Es más, en sus jueguecitos y películas se mata y se revienta a diestro y siniestro, y es normal. Y, lo que es peor, en la realidad, otros machitos, estos ya adultos, matan a sus mujeres y a sus propios hijos porque no satisfacen sus caprichos y les besan los pies.

Esta es la sociedad y la educación que les ofrecen. Una sociedad en la que sus dirigentes, al igual que ellos, juegan, no a las maquinitas, al Monopoly, y se compra, o pretenden comprarse o simplemente invadir, tierras, al grito de «Me lo pido».

Y no pasa nada; o casi nada. Mientras, otros exigen dineros, que son de todos, para subvencionar vete a saber qué oscuros trapicheos, porque si no «no te ajunto» o no te apoyo o no entro en tu grupo para hacer número. También emplean su tiempo, el de todos, por supuesto, ya que se lo pagamos, y muy bien, en lloriquear porque no han sido incluidos en no sé qué cuestión de elección de un alto cargo. Todo, menos ocuparse de la formación y educación de sus niños y jóvenes o del bienestar de sus ciudadanos, que, con ochenta y cuatro años, han de dormir en la calle, expuestos al frío o a que una manada de perros asilvestrados decida divertirse con ellos a mordiscos aburridos.

Ignoro, don Luis, si estas reflexiones verán la luz, pero tampoco importa. La escritura ya ha cumplido su función: echar fuera la impotencia. Ahí os lo dejo, señor, y «aquí está don Juan Tenorio, para quien quiera algo de él».

tracking