Diario de León

TRIBUNA

Fray Guillermo García Galende, religioso agustino

Publicado por
P. Fernando Campo del Pozo Agustino
León

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E l pasado 1 de diciembre, al preguntar por el resultado de la segunda operación del corazón, se recibió la luctuosa noticia de la muerte de fray Guillermo García Galende, que era el ángel de la guarda del Colegio San Agustín en Zaragoza y el manitas que solucionaba la mayoría de los problemas que se presentaban.

Se celebró el funeral el día 3 por la tarde en la iglesia parroquial de Santa Rita con una nutrida concurrencia debido al amor que se le tenía por sus innumerables servicios. Presidió el funeral el P. Provincial, acompañado de bastantes religiosos, algunos venidos de otras comunidades agustinianas a Zaragoza para unirnos en la oración por su eterno descanso.

Le conocí entre 1944-1946, como condiscípulo, en Valencia de Don Juan, donde nos hicimos amigos, compartiendo juegos de pelota que me ganaba casi siempre. Sentí que dejase los estudios sacerdotales para pasar a hermano ‘lego’ y nos seguimos comunicando dentro de lo posible y las circunstancias, especialmente en Zaragoza desde el año 2005, cuando me recibió con los brazos abiertos y me ofreció su cordial colaboración para lo que pudiera ayudarme, como de hecho lo hizo.

Después del P. Pablo Martínez, antiguo y dilecto amigo del alma, fray Guillermo ha sido el que me ha prestado mayores servicios, como buen amigo y óptimo religioso. Dado el afecto que le tenía y el peligro de la operación, le aconsejé que no se operase; pero él lo deseaba para seguir trabajando mejor. No quería ser una carga sino un buen trabajador hasta el final.

Había nacido en Santa Croya del Tera (Zamora), tierra del buen pan y mejor vino, el 25 de diciembre de 1931. Sintió la vocación religiosa, como su hermano el P. Pedro, e ingresó en Valencia de Don Juan en 1944. En 1946 pasó a Becerril de Campos, donde hizo el noviciado y profesó el 23 de abril de 1951. Como era un buen cocinero, el 18 de mayo de ese mismo año, fue destinado a Barcelona y el día de la Inmaculada a Madrid, donde siguió de cocinero hasta el 27 de junio de 1953, para retornar a Barcelona con el mismo oficio en 1953.

Luego en Valladolid desde 1958 hasta 1959, para volver a Valencia de Don Juan y ejercer durante diez años su oficio de cocinero, haciendo las delicias con la matanza casera a los conventuales y visitantes. Mi hermano José (Pepe), catalogado en León como «contratista de curas y monjas», que ha sentido su muerte, y su suegro D. Antonio Muñoz, hacían elogios de él por sus atenciones culinarias durante esos años y se hicieron amigos mientras hacían obras de construcción y después. Pasó a Becerril de Campos en 1969 como cocinero y enfermero. Va a seguir desde 1978 como enfermero en Zaragoza y al mismo tiempo para mantenimiento. En este oficio dio su mayor talla como «manitas» para lo que se le necesitase y como buen jardinero. Se enamoró tanto de su jardín central que se llevaba disgustos cuando se le cogía alguna rosa, aunque fuese para ponerla al altar. Había que dejarlas en su sitio.

Le llegué a coger algunas rosas para ponerlas a la Santísima Virgen. Como se enfadaba, le decía que también tomaba a veces de la colecta y la alcancía de Santa Rita para dárselo a los pobres. Se echaba a reír y se resignaba como buen amigo, con una cercanía entrañable y servicio acogedor, que demostraba especialmente en la preparación de los utensilios para la celebración de la Eucaristía.

Era muy querido por sus atenciones y servicios al personal del colegio y antiguos trabajadores como Marula (María Pilar), que le acompañó durante más de un mes en la clínica Montpeliert, día y noche. Se suele decir en Castilla y León «que se teme la hora de los elogios» y fray Guillermo se los merece con justicia y deja un vacío difícil de llenar. Vivió como buen religioso, que se hizo también maño y sin dejar de ser zamorano-leonés. Que en paz descanse.

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