SEGURIDAD Y DERECHOS HUMANOS ?ARTURO PEREIRA?

Mercancía humana

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León

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L a inmigración en Europa se considera como uno de los principales problemas de los que adolece el viejo continente. Esto supone un cambio radical de postura hacia un fenómeno que hasta hace poco era considerado como un dinamizador de la economía y que ayudaba a contrarrestar el paulatino envejecimiento de la población europea.

Lejos quedan las manifestaciones de políticos y economistas congratulándose por la llegada masiva de inmigrantes y acogiendo con aparente sincera alegría a todo aquel que aparecía en los países europeos procediera de donde procediera. Fue como si se tuviera un lugar reservado para aquellos que habían puesto su objetivo en la tierra que predicaba el progreso y la fraternidad como dos ejes de su modelo social

Se discutía con fruición sobre la mejor forma de asentar a los recién llegados. Que si integración mejor aislacionismo, que, si respetar su cultura mejor que una formación en la cultura del país de desino, bueno una serie de sutilezas propias de épocas de bonanza económica que no hacían más que poner en práctica experimentos sociales.

Actualmente todo eso ha quedado obsoleto y ya nadie se preocupa de cómo relacionar a los inmigrantes con los aborígenes. Lo que ahora se tiene claro es seguir una política de inmigración no y de cierre de fronteras. Los más aventajados, como siempre, los británicos que invierten grandes sumas de dinero para aislarse del continente no vayamos a contagiarles. Les sigue Francia, paladín del interculturalismo se ha embarcado en un proceso de obstrucción a la inmigración.

El miedo se ha instalado en Europa. Es la cara del miedo más antigua de la humanidad; el miedo al diferente, al otro. Muchos tratados se han escrito respecto de la utilización del miedo al otro como instrumento para manipular las conciencias y opiniones públicas.

Los ingleses siempre hablaron fatal de los franceses, los franceses de los españoles y los alemanes de los ingleses con lo que todo el mundo hablaba mal de todo el mundo. Ahora tenemos un destinatario común a quien criticar que es el inmigrante. No importa su raza o condición, ser inmigrante le convierte en objeto de nuestro desprecio porque nosotros somos mejores.

Pues si realmente queremos ser mejores debemos empezar por ser sinceros y lo primero que debemos reconocer es que el epicentro del problema no es la seguridad como se afirma reiteradamente, sino la economía que no acaba de ir todo lo bien que es deseable.

Al no ir tan bien no se necesita tanta mano de obra como antaño y sobran trabajadores. Entonces, que mejor que no aceptar más extranjeros y si se puede expulsar a unos cuantos que ya residen entre nosotros. Entre estos últimos, muchos de los que contribuyeron al desarrollo de nuestras economías en los buenos tiempos.

Una cosa está clara: las migraciones siempre han existido y existirán. Los europeos debemos tener claro que no nacimos de un huevo puesto en Europa, parece más bien que nuestros ancestros migraron desde África, lo mismo que los miles que lo están haciendo ahora debido a la guerra fundamentalmente.

Digo que no se trata de un problema de seguridad porque se tiene toda la información sobre los lugares de origen, rutas, vías de entrada, mafias, comercio económico y demás variables vergonzosas para la condición humana. Esta información puede permitir adoptar medidas que ayuden de forma definitiva a paliar el problema.

A la comunidad internacional le corresponde adoptar estas medidas, saben cuáles son y hay que tomarlas frente a la indignidad de la indiferencia con a las víctimas de conflictos armados. Esto tiene su coste económico y su coste político porque las opiniones públicas rechazan políticas de intervención duras contra los Estados que literalmente machacan a sus ciudadanos.

Nadie quiere abandonar su tierra y su familia para, primero recorrer cientos de kilómetros y luego meterse en una lancha donde tiene muchas posibilidades de morir, además de ser maltratado o incluso asesinado.

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Somos unos hipócritas, nos damos golpes en el pecho cada vez que vemos los desastres de una inmigración descontrolada y en manos de criminales sin escrúpulos con un negocio floreciente, pero no nos atrevemos a solucionar o al menos paliar el problema de raíz. Solucionar el problema de raíz conlleva como una de las medidas inmediatas intervenir con aquellos gobiernos locales que esclavizan a su pueblo y significa dar cobertura, acogimiento y ayuda a los nuevos esclavos del siglo XXI en sus países de origen y en los nuestros.