Ponferrada

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Rociaron la iglesia con gasolina y le prendieron fuego. Pero antes de que el templo ardiera por completo y quedará reducido a cuatro paredes y un montón de escombros, sacaron a la calle una imagen del Sagrado Corazón, vestido con un manto púrpura y con un cartel en el pecho que decía: «Cristo Rojo, a ti te respetamos por ser de los nuestros». Y se lo llevaron a las barricadas.

Lo contaba la revista Estampa con la imagen del Cristo Rojo en la portada; el Cristo indultado por los mineros del valle del Sil, que se habían rebelado junto a sus compañeros asturianos para proclamar el comunismo libertario.

En Bembibre lo hicieron. Entraron en el Ayuntamiento «con sus pistolas amartilladas y sus voces de mando», decía el cronista de Estampa, y destrozaron toda la documentación. Dos mil mineros del Sil, que habían bajado «como un alud de sus altas montañas», en formación militar y con jefes de escuadra. Y después de saquear el Ayuntamiento y anunciar la República Socialista, prendieron fuego a la iglesia de San Pedro, que llevaba en la plaza Mayor, con sucesivas reconstrucciones, desde el siglo XII.

Pero fue una República breve la que proclamaron los mineros en Bembibre el 7 de octubre de 1934. A las once de la noche los revolucionarios abandonaban la villa después de un intenso tiroteo con los soldados venidos de Astorga para sofocar la revuelta. En la plaza quedaron ocho muertos: dos soldados, un sargento, dos guardias civiles y dos mineros. La República Socialista había durado diez horas.

De todo esto, y sobre todo, de la revuelta que el año anterior habían protagonizado los mineros del Bierzo durante una huelga general, tan desconocida hoy a pesar de que se saldó con 600 detenidos, hablaba el pasado sábado en León el grupo de investigación Memoria Viva de la CNT, en una conferencia en su sede.

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Y la historia hay que contarla. Afrontarla desde todos los puntos de vista. Hablar de las duras condiciones de trabajo, del papel nefasto de la Iglesia, de la labor reaccionaria de la oligarquía financiera. Y lamentar que para cambiarlo todo, aquellos hombres que picaban carbón y veneraban al Cristo Rojo en las barricadas no vieran otra salida que las armas y el fuego.